domingo, 29 de octubre de 2017

Teología de la Cruz y Soberanía de Dios

El viernes 27 y sábado 28 de octubre de 2017 celebramos y conmemoramos en Concepción los 500 años de la reforma protestante con un maravilloso seminario. Lo organizamos como Comunidad Teológica Evangélica junto a la Biblioteca Municipal de Concepción y Corporación Sendas. Fue una experiencia vivificante.

Tuvimos expositores de renombre internacional, como Nicolás Panotto, a quien admiro en sobremanera. Él expuso el sábado 28 una ponencia titulada “La Libertad Cristiana en Lutero”. ¡Tremendo! Me sentí muy alineado con él, admirando la bellísima exposición que hizo de la Theologia Crucis de Lutero, la Teología de la Cruz, según la cual el lugar predilecto para la revelación de Dios es “por el trasero”, o sea, en lo más impuro y humillante: la cruz.

Esa grosera expresión “por el trasero”, refleja la controversial personalidad de Lutero, característica que admiro en él y con la que logra que el diablo se revuelque y revuelque de dolor. ¿Cuál diablo? Ese que mora en nosotros y admira lo puro y perfecto, haciendo que nos aferremos a aquello que es bueno a nuestros ojos, en vez de aferrarnos a la obra de Dios y a su sola gracia. Así mismo es cuando Lutero dice “peca valientemente… pero con aún más valentía aférrate del amor de Dios”.

En el espacio de consultas, mi querida compañera de estudios, Daniela Muñoz, confesó que odiaba cuando se habla de la “soberanía de Dios” y quería saber cómo reconciliarse con aquel término, así como Lutero se reconcilió con la “justicia de Dios”. Panotto, en vez de proponer una reconciliación, reafirma su rechazo, insistiendo que la gente habla de la soberanía de Dios por sus propias ansias de poder. Nada más. Ante tal impía respuesta de mi respetado Panotto, es que me he motivo a escribir esto. En un futuro espero desarrollar mejor el tema, con mayor base bibliográfica y de forma menos acotada.

Primero que todo, concuerdo con la crítica que hace Nicolás Panotto. A los que insisten en la soberanía de Dios para reafirmar su propio deseo de soberanía (consciente o inconscientemente), los sometería a una intensiva dosis de pesimismo occamista y de “cristianismo sin religión” bonhoefferiano. Sin embargo, no puedo tolerar que se niegue la soberanía de Dios, que además de caer en lo impío y herético puede terminar promoviendo la gracia barata y, aún peor, un liberacionismo reduccionista[1]. No es mi intención enemistarme con ustedes, Nicolás y Daniela, ni apuntarles con el dedo, sino que les hablo como hermano y como el peor de los pecadores[2].

Si Dios no fuera soberano, la cruz dejaría de ser un escándalo y la doctrina de la justificación por la sola gracia de Dios no sería una buena noticia. Si bien el concepto de soberanía, así como el de predestinación, son banderas del calvinismo y no del luteranismo, también están necesariamente presentes en la doctrina luterana de la sola gracia. Lutero enfatizó en el amor de Dios y Calvino en su soberanía. Sin embargo, ambos énfasis hablan de lo mismo y están en el centro de la doctrina de la justificación.

Tengo amigos[3] que niegan la soberanía de Dios y su título de “todopoderoso”, buscando identificarse con aquellos que sufren y que se preguntan día a día por qué Dios permite su desgracia. Ellos consideran que hay que responder que su sufrimiento no es voluntad de Dios, y que si tuviera el poder, ya lo habría eliminado. Personalmente, no creo que ante el sufrimiento tengamos que dar una explicación ni exculpar a Dios. Por otro parte… ¿con qué cara le diremos Señor, Cristo, Mesías o Rey si negamos su señorío?

En un plano soteriológico más tradicional, en la serie de reflexiones cortas “Buenas Obras, una Gracia de Dios”, crítico escuetamente la doctrina de la doble predestinación y la del libre albedrío. La Biblia es consistente en decir que Dios no desea la muerte del pecador, sino que desea que se convierta. Dios quiere que todos sean salvos y le conozcan. Al mismo tiempo, me parece esencial insistir que la fe salvadora es un don de Dios y que no tenemos un albedrío libre, sino que somos parte de un mundo esclavizado por el pecado. Entonces… ¿todos son salvos? No lo creo. Hay gente que no tiene fe ni comunión con Dios. Entonces… ¿Dios no es todopoderoso? Si fuera así, prefiero vivir engañado que ofender a mi Dios negando su soberanía e infinito poder. Solo a Él sea toda gloria y honra. Prefiero concluir que se trata de un misterio que sobrepasa nuestro entendimiento. Es también la conclusión a la que llegan luteranos y reformados en la Concordia de Leuenberg (1973). Me parece que así destacamos la paradoja que presenta la cruz, y la crítica que la misma hace contra la razón humana.

Creo que la idea del libre albedrío nace justamente de una mente moralista que busca justificar a Dios y que fácilmente termina juzgando al prójimo por su falta de fe y por su condenación. Hay que despojarse de este énfasis ético y dejar que Dios sea Dios, dejarnos ser criaturas ante nuestro Creador. Que la justificación sea por la sola gracia de Dios, significa que nosotros no podemos justificar ni juzgar a nadie, menos a Dios. Como diría la obra de Kierkegaard, hemos de saltar del estadio ético al estadio religioso.

Ante el sufrimiento diario, la teología de la cruz no responde por qué Dios permite el pecado, sino que nos consuela con la convicción de que Dios se identifica con nosotros y que está sufriendo con nosotros. El concepto de “soberanía de Dios”, desde la teología de la cruz, tiene su énfasis justamente en la encarnación y cruz de Cristo, más que en su resurrección y glorificación. La resurrección y glorificación son la esperanza a la que nos aferramos cuando nos identificamos con Cristo, y que nos da fuerza para seguir luchando por un mundo mejor. Así mismo, la resurrección y glorificación son la consecuencia natural de la soberanía de Dios y su infinito poder, pero la verdad es que no son su esencia ni son necesarias para afirmar que Dios es soberano. Así como la santificación es consecuencia natural de la justificación, sin ser necesaria para ser justificado.

Dios se revela como soberano y todopoderoso principalmente en su kenosis, en su encarnación y crucifixión. Especialmente en aquel momento en que clama “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mc.15:34), gracias al cual soportaremos vivir “ante Dios y con Dios sin Dios”[4]. Es en ese momento en que Dios logra tomar nuestro lugar con plenitud, dignificando su creación caída y restaurando plenamente su comunión con nosotros. Es en ese momento en que el señorío y poder de Dios son tal que superan todo concepto humano de lo poderoso y lo sabio. Y como sabemos que ese judío crucificado ha sido puesto a la diestra del Padre y declarado Rey, es que sabemos que llenará a los pobres de bienes y alejará de sí vacíos a los ricos. Y como sabemos que Él es Rey, es que sabemos que las Romas y los Pilatos caerán cuando vuelva a juzgar a los vivos y a los muertos. Como sabemos que Él es soberano, sabemos que es Él el que construye su reino. ¡No nosotros! Cuando los secularistas, los teólogos del dominio o los radicales armados quieran erigir el reino de Dios o una Nueva Jerusalén, recordemos que el reino es de Dios y que Él lo construye, no nosotros.

Dios no necesita de nosotros ni hemos de sentirnos muy importantes para su misión. Sino que hemos de sentirnos gozosos de que por su gracia nos da el privilegio de participar en su misión. El privilegio de ser elegidos por Él, es el de servir y humillarse como Él lo hizo en la cruz. Es el de reconocernos menor que el otro. Este es el sentido que toman nuestros cultos cuando partimos confesando nuestros pecados, clamando por la piedad de Dios y glorificando su nombre: “¡Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz…!”. Solo cuando le demos toda la gloria y honra a Él y solamente a Él, es que dejaremos de buscarla para nosotros y que por fin habrá paz entre nosotros.

Si seguimos desarrollando la teología de la cruz desde una perspectiva bonhoefferiana, que insistió en la comunidad de discípulos como el cuerpo de Cristo, y que Jesucristo sigue existiendo en forma de comunidad, recordaremos que Bonhoeffer también habló de la “comunión del pecado” y de que la Iglesia, como cuerpo de Cristo, carga con el pecado de todo el mundo. Si alguien peca o sufre en el mundo, hemos de admitir nuestra responsabilidad y admitir ese pecado como propio, sufrir ese sufrimiento como propio. Al amar al otro como a uno mismo, cargaremos con sus pecados y dolores como si fueran propios. ¡Cómo cargar con tanto pecado, tanta culpa y tanto dolor! Solo podemos hacerlo si nos aferramos a la soberanía y al poder de Dios, sin lo cual no podemos confiar en la efectividad de su gracia ni en la efectividad de nuestra oración. Es aquí que la oración de intercesión cobra sentido. No es una “buena obra” con la que esperamos manipular la voluntad de Dios ni alivianar nuestra conciencia ante el mal ajeno. Tampoco es momento para discursos programáticos. Sino que es un poderoso refrigerio para el que carga tanto mal, y es una gran esperanza que impulsa a seguir por el camino de la cruz.

Es en este sentido, mis hermanos, que me preocupa que busquemos negar la soberanía de Dios. Me da la impresión que no odiamos tanto la “soberanía de Dios”, sino que odiamos más bien a las personas que predican la soberanía de Dios. Negar la soberanía de Dios termina siendo nuestra máscara piadosa con la que escondemos nuestro odio, y con la que nos desentendemos del pecado de esos ‘fundamentalistas’ que quieren la gloria de Dios para sí mismos. De esta forma, ya no somos responsables por su pecado.

No me preocupa tanto caer en impiedad o herejía. Lo que me preocupa es que al desmarcarnos del pecado de nuestros hermanos, estemos negando el camino de la cruz. Luego de tal desvío hemos de agachar la cabeza ante nuestro Señor y Maestro, que al igual que a Simón Pedro nos dirá: “¡Ponte detrás de mí, Satanás! Eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son como los de Dios, sino como los de los hombres.” (Mt.16:23)

Muchas gracias, Daniela y Nicolás, por estar en este camino en el que vamos reconociéndonos. Dios les bendiga y les haga bendición para muchos. Y como dice Luis Lucho: Besitos.




[1] Hago un giño a una de las “cautividades babilónicas” que Guillermo Hansen señala en su libro “En las fisuras. Esbozos luteranos para nuestro tiempo”. Me gustaría saber qué entiende por estas “cautividades”, categorías que he ido desarrollando por mi cuenta.
[2] Esto no es solo un guiño a San Pablo ni falsa modestia, sino que efectivamente soy el peor de los pecadores y se los demuestro rápidamente. Bajo la lógica de la cruz, el lugar privilegiado de revelación divina sería en el peor pecador. Identificarse con el peor de los pecadores, más que un acto de humildad, es un acto de incomparable vanidad. ¿Qué pecado es peor que este? He ahí, que con solo decir que soy el peor pecador, demuestro que lo soy efectivamente.
[3] Amigos luteranos que yo criticaría de caer en un liberacionismo reduccionistas.
[4] Bonhoeffer, Dietrich. Resistencia y Sumisión.

5 comentarios:

Esteban Burgos dijo...

Estimado Patrick, sabes que no estuve en la conferencia del profesor Panotto, no obstante, quiero comentar esto brevemente. Y comienzo tomando una cita de tu escrito:"¿con qué cara le diremos Señor, Cristo, Mesías o Rey si negamos su señorío?"
En primer lugar, Cristo es Señor de NUESTRAS VIDAS o al menos eso deseamos/intentamos. Su soberanía es a mí entender limitada. Con esto no estoy eliminando este atributo, sino que lo estoy enmarcando en un contexto específico.
En segundo lugar, concuerdo contigo en el rechazo a los que hacen alarde de la soberanía de Dios para justificar sus fundamentalismos. Sin duda alguna, esas prácticas son venenosas para la fe y desfiguran a Cristo como ente sanador y liberador.
En tercer y último lugar, quiero abordar el concepto de soberanía; que es ciertamente un concepto político, relacionado con el poder y la coersión. Yo en lo personal no creo en un Dios coercitivo y monopolizador del poder. Creo más bien en Dios que trabaja con nosotros en la extensión de su Reino. Que nos da autoridad para obrar en su nombre. Un Dios que distribuye el poder con sus "servidores".

Patrick dijo...

Muchas gracias, Esteban, por tu comentario. Y me parece bien que cada uno pueda expresarse, sin necesidad de llegar a consenso, pues en la misma Biblia no se presenta como un tema teológico elaborado y cerrado. Pero es importante entender las consecuencias prácticas que esto tiene en nuestro discipulado. La soberanía es un tema central en la fe cristiana, pues esta se centra en el "reino de Dios". El centro de nuestra fe está en lenguaje político y señala a Dios como Rey, o sea, como soberano.

Escatológicamente, creemos que el reino de Dios será universal, para todas las naciones. Y que será mediante Jesucristo, que volverá para juzgar(=reinar) a vivos y a muertos. Pero también insistimos que el reino de Dios está presente. Es una escatología cristocéntrica del "ya, pero todavía no", que también tiene opositores, tanto de parte de escatologías ultra-conservadoras (que relacionan el reino de Dios solo a un mileno en que literalmente estará Jesús gobernando el mundo como emperador con sede en Jerusalén) como de parte de escatologías liberacionistas o utópicas que insisten que somos nosotros quienes construimos el reino como un proyecto humano y que si acaso existe ontológicamente un Dios, no tiene poder en nuestro mundo natural.

Cuando dices que Dios sería soberano de "nuestras vidas" solamente... me surgen muchas preguntas. ¿Te refieres en este momento de la historia o también escatológicamente? ¿A quiénes te refieres con "nosotros"? ¿Es acaso una visión privada de la profesión de fe? ¿Una visión individualista de la fe? ¿Una especie de politeísmo? ¿Una visión fragmentaria en que la humanidad se divide en distintos reinos según sus dioses? ¿O una visión pluralista en que el reino es una megapolis en que cada uno vive según su dios? ¿El reino de los dioses en vez del reino de Dios? ¿Hay un reino pero que Dios comparte de forma pluralista con otros dioses y éticas? ¿O hay solo 1 ética? ¿Cuál de todos los dioses (incluyéndonos) ganará para implementar su ética al resto?

Mi gran problema cuando se insiste que "el reino lo construimos nosotros", es que queriendo negar el uso de poder, al final lo legitimamos enmascaradamente y nos ponemos nosotros en el lugar de Dios con nefastas consecuencias, como ha sido con el caso de secularistas, teólogos del dominio y radicales armados, como para decir algunos casos. Además, si dependiera de nosotros... no me parece muy viable ni me da esperanzas.

Para mi es vital entender el discipulado y el reino más allá de lo ético, que pienso es la preocupación central detrás de la doctrina de la justificación.

No es la idea de que me extienda acá y la verdad es que es un tema en el que todavía tengo mucho que estudiar. ¡Un abrazo!

Esteban Burgos dijo...

Con "nosotros" me refiero a los que asumimos a Jesús como Señor todo cuanto pensamos y hacemos. Lo "aceptamos como Señor de nuestras vidas" como se dice en el lenguaje religioso popular. Por cierto que mi visión no es individualista, quizá si un poco exclusivista porque no puedo pretender que aquellos que no reconocen a Jesús como Señor de sus vidas se sometan a su "gobierno" (siguiendo con los tecnicismos políticos). Sin duda, que aquellos que están "fuera" reciben vestigios del Reino de Dios a través del contacto con nosotros y el resto de la creación; incluso a través de acciones puntuales que ellos mismos generan y que están empapadas de amor, justicia y verdad.
Según lo que sostenía el pastor Barrera, en el Seminario de los 500 años de la reforma: no podemos admitir más dioses desde nuestra cosmovisión cristiana, sería contraproducente. Según mi parecer, existe un sólo Dios que se manifiesta de diferentes maneras en los distintos tiempos y lugares. Lo que es indudable es que nosotros recibimos revelación a través de Jesucristo y de el aceptamos su Señorío. Una vez más, el Señorío es de Cristo directamente sobre nosotros como comunidad de creyentes y no puede pretenderse una universalidad forzada.
Saludos, hermano. Sin duda, nos queda mucho por estudiar y dialogar...

Patrick dijo...

Desde mi comprensión, es incompatible creer en un solo Dios (El' = poderoso) y que no es el único soberano y por lo tanto infinitamente soberano sobre todo lo que ha creado (cielo y tierra, invisible y visible). Si la soberanía de Dios es limitada, significa que también hay otros soberanos, o sea, otros dioses.

Patrick dijo...

Tal vez esto esté más en vuestra línea:
http://feadulta.com/es/buscadoravanzado/item/9197-500-anos-de-la-reforma-si-fuese-posible-una-conclusion.html

Valoro el aporte, me gusta que nombre al fundador de la comunidad de Taizé y a Barth, pero mi enfoque es más cristocéntrico