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martes, 17 de febrero de 2015

La iglesia... una palabra bíblica

Como anexo a la serie de entradas que ya finalicé, les comparto esta información que aparece en el sitio web de Taizé (http://www.taize.fr/es_article8653.html)

UNA PALABRA BÍBLICA

La Iglesia

Antes de pasar a ser una palabra del credo, de la teología y del catecismo, «Iglesia» fue un término bíblico. Lo que sigue aquí no es una meditación sobre la Iglesia, sino un intento de saber cómo los lectores del Nuevo Testamento comprendían esta palabra, con la esperanza de devolverle un poco de su frescura inicial.
La palabra ekklesia aparece más de doscientas veces en la Biblia griega que leían la mayoría de los cristianos de los primeros siglos. Puede sorprendernos que se encuentre casi tantas veces en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. En la versión griega del Antiguo Testamento, ekklesia designa en general la asamblea del pueblo de Dios.
En el Nuevo Testamento, ekklesia designa bien una asamblea local, bien al conjunto de los cristianos. No obstante, hay varias excepciones interesantes. Lucas, autor de un evangelio y de los Hechos de los Apóstoles, lo utiliza también para la asamblea de una ciudad (ver Hechos 19, 23-40). Ekklesia no estaba por tanto reservada a un uso religioso. La palabra evocaba la vida de las ciudades griegas con sus asambleas en las que se discutían los asuntos públicos.
Otra excepción, es que, incluso en el Nuevo Testamento, ekklesia puede designar al pueblo de Dios de la Primera Alianza. Esteban llama ekklesia al pueblo reunido en el desierto alrededor de Moisés (Hechos 7, 38). Y la epístola a los hebreos cita un versículo del Salmo 22: «Te alabaré en medio de la ekklesia » (Hebreos 2, 12). ¿Hay que traducirlo como «en medio de la asamblea» o «en medio de la iglesia»? El salmo habla de la asamblea de Israel. Sin embargo, como la epístola a los hebreos pone estas palabras en boca de Cristo resucitado, se trata también de la iglesia.
El uso bíblico une lo que nosotros tenemos la costumbre de distinguir. El ejemplo de la epístola a los Hebreos invita a dejar las escrituras de la Primera Alianza hablar de la iglesia de la Nueva Alianza. Así el sentido de la palabra ekklesia se amplía. Su uso en los Salmos en particular, le confiere un aspecto musical. La ekklesia se convierte en la asamblea en fiesta, la que reúne el canto de Cristo.
La palabra ekklesia aparece frecuentemente en los Hechos de los Apóstoles, aunque curiosamente no se encuentra en los primeros capítulos. La comunidad nacida en Pentecostés no se llama ekklesia. Se habla simplemente de «todos los creyentes» (Hechos 2, 44). Después aparece la palabra plêthos (Hechos 4, 32), que puede traducirse como «la multitud de creyentes». Sin embargo, los paralelos extra-bíblicos han permitido a los exegetas reconocer que plêthos puede referirse a una comunidad. A veces se traduce esta palabra como «asamblea», o «pleno» (por ejemplo Hechos 6, 2), pero no es exactamente sinónimo de ekklesia. El plêthos, a semejanza de otros grupos que existían en aquella época en Jerusalén, es una comunidad confirmada con sus reglas de pertenencia, sus ritos y sus responsables.
Así, en los Hechos de los Apóstoles se puede ver que ekklesia no era utilizado de entrada para designar a las comunidades cristianas. Y gracias a las cartas de Clemente, obispo de Roma, y de Ignacio, obispo de Antioquía, sabemos que las dos palabras plêthos y ekklesia coexistieron al menos hasta principios del siglo II. ¿Qué rasgos distintivos de las comunidades cristianas señala la palabra ekklesia? ¿Y por qué ha prevalecido finalmente? Los Hechos dejan entrever que el apóstol Pablo tiene algo que ver con todo esto, pues la palabra comienza a tener un cierto auge al mismo tiempo que el mismo Pablo empieza a tener un papel más destacado (Hechos 8). Algo que confirman también las cartas de Pablo, en donde la palabra ekklesia es particularmente frecuente.
¿Por qué prefirió ekklesia? En esta palabra se encuentra el verbo «llamar». Mientras que plêthos designa la comunidad, la ekklesia es, tanto en el mundo griego como en la Biblia, una asamblea convocada. Se diría que cada vez que Pablo dice ekklesia, implica «convocación» o «llamada». Para él, «la iglesia de Dios» son «los santos por vocación» (1 Corintios 1, 2), los que fueron «llamados a la comunión» de Cristo (1 Corintios 1, 9).
Medio siglo más tarde, Ignacio de Antioquía, escribiendo a los cristianos de Esmirna, calificará por la primera vez la ekklesia de «católica», que quiere decir universal: «Allá donde aparece el obispo está la comunidad (plêthos), de la misma forma que allí donde está Jesucristo está la iglesia (ekklesia) católica». Los cristianos forman comunidades concretas. Aunque tanto para Ignacio como para Pablo, la palabra más hermosa es «iglesia». Pues en esta palabra el acento no está en intendencia de una comunidad, sino en la llamada universal del evangelio de Cristo. Y el adjetivo «católico» subraya que un único y mismo evangelio, en todo lugar y en cualquier tiempo, llama a la única comunión de Cristo.
Última actualización: 19 de junio de 2009

jueves, 5 de febrero de 2015

20° La Iglesia... ¡Conclusión!


Hablar de la esencia de la Iglesia es una cuestión sin fin, pero creo haber abarcado las principales ilustraciones bíblicas. Creo que es trabajando nuestra identidad como discípulos de Cristo que lograremos vivir más plenamente la unidad de la Iglesia. Aquí yo he presentado mi interpretación personal de las cosas, sabiendo que no todo es esencial y que en muchas cosas no habrá acuerdo, pero estando de acuerdo con la centralidad de Cristo y el Evangelio podemos trabajar juntos sin problema. Anhelo con fuerza lograr la unidad visible de la Iglesia, que no será perfecta hasta la plena instauración del Reino, pero que de todas formas podemos visibilizar hoy. Esta unidad visible no es una institucional, la cual puede corromper fácilmente el Evangelio, especialmente si designamos a un “pastor universal” entre nosotros, siendo que Cristo es nuestro pastor universal. La unidad visible se logra en el trabajo conjunto por la misión evangélica y por la paz, así como en la celebración conjunta de nuestra Pascua, la Santa Cena.

Sin agregar mucho, pues ya he escrito harto, agrego un compilado final señalando de forma corta y simple lo esencial para mí.

La Iglesia es la comunión de los hermanos en la fe. La Iglesia no es una institución ni un club que ofrece servicios religiosos, sino que somos cada uno de nosotros unidos por el Espíritu Santo, que nos convierte en una nueva criatura. Lo que da sentido a nuestro existir es ser responsables de la misión evangélica. La Iglesia se ha de entender, principalmente, como un camino de discipulado que inicia con el bautismo y que caminamos como iguales junto a todos los cristianos del mundo. Como dijo Bonhoeffer: “una vida comunitaria bajo la Palabra se mantendrá saludable solo si no se forma como un movimiento, orden, club o collegium pietatis, sino que concibiéndose a sí misma como parte de la única, santa, universal Iglesia cristiana, trabajando y doliéndose por la necesidad, la lucha y las promesas de la Iglesia en su totalidad"[1]. El sentido de la salvación es aquella comunión que será plena en el Reino de Dios. Comunión primeramente con Él y luego con los hermanos y la creación toda. La salvación es por Gracia, no por obras, pero esa Gracia es justamente que Dios nos regala hoy la vida de comunión, caracterizada por sus frutos de amor, fundamentada en la proclamación comunitaria del Evangelio de Cristo contenido en la Biblia y en la celebración de la Santa Cena. La Iglesia es una familia y nosotros no elegimos a nuestros hermanos, sino que es nuestro Padre quien nos ha unido incondicionalmente los unos a los otros. Lamentablemente, como la mayoría de las familias, la Iglesia es disfuncional, pero citando de nuevo a mi teólogo favorito: “La fraternidad cristiana no es un ideal a realizar sino una realidad creada por Dios en Cristo, de la que él nos permite participar."[2]

La Iglesia es el anticipo de aquella comunión perfecta que tendremos en el reino de los cielos, y es el más excelente sacramento. Somos cuerpo de Cristo, bañados en su sangre, y hemos de partirnos y entregarnos al mundo entero. Como dice aquel himno de M. Bazán: “La Iglesia es Cristo en el mundo, pueblo de Dios puesto en marcha…”.

Como ilustración gráfica de mi resumen confeccioné la siguiente imagen. La confeccioné de forma bien poco profesional y dudando si acaso logré plasmar lo que quería, pero … está bonita, ¿no?


Con el pan y el vino no quiero otra cosa que representar a la Iglesia, que es el gran sacramento, el cuerpo de Cristo, bañado en su sangre, que se parte y entrega al mundo entero. La Iglesia comparte bajo un mismo techo, pues es una familia, y está cimentada en la Palabra de Dios, que es Cristo (ilustrado con la Biblia). La Biblia es el fundamento de la Iglesia, pero no apegándose a la letra o la literalidad, sino que cultivando a partir de ella al Espíritu Santo (ilustrado con la paloma de la paz) y el Evangelio (ilustrado con la rosa de Lutero). El Espíritu y el Evangelio son lo que unen a la Iglesia y la hacen ser tal. El centro del Evangelio es la cruz de Cristo. Quien tenga la cruz de Cristo en el corazón vive por Gracia una vida de santificación y gozo, anticipo del gozo eterno del Reino de los cielos.

Cristo está en todo. La Biblia es testimonio de Cristo, que es la Palabra de Dios. El Espíritu es el de Cristo. El Evangelio es de Cristo. La comunidad de creyentes es Cristo en el mundo. Como dice la liturgia: “por Él, con Él, en Él” (Rom.11:36).

¡Siempre muy atento a la retroalimentación, para seguir construyendo juntos nuestra identidad! Los dejo con un abrazo fraternal, pidiendo a Dios que nos ayude a ser fieles a nuestro llamado, a nuestra vocación. Amén.



[1] “Vida en Comunidad” Dietrich Bonhoeffer, Ediciones Sígueme. Pág.29
[2] “Vida en Comunidad” Dietrich Bonhoeffer, Ediciones Sígueme. Pág.22

lunes, 29 de diciembre de 2014

19° La Iglesia: cónyuge del Señor


Esta ilustración, al igual que la anterior, es muy apasionada y potente. Pero también es muy compleja y ha de ser tratada de forma cuidadosa, pues el matrimonio se ha entendido de formas muy distintas en las distintas culturas y a través del tiempo. No es de extrañarse que el contexto bíblico siempre fue uno patriarcal, en que la mujer era posesión del hombre. En el Antiguo Testamento se practicaba la poligamia, y luego en el Nuevo Testamento la monogamia, empezando a adoptarse ciertas estructuras jerárquicas de la casa grecorromana (oikos). Se ha de leer tales pasajes entendiendo que tales eran los contextos, y así rescatar mejor el significado que tienen[1].

La imagen de la Iglesia como esposa del Señor se basa principalmente en las profecías de Oseas, Isaías, Ezequiel y Jeremías (Os.1-3; Jer.2-3; 11:15; 12:7-9, 33:11; Ez.16,23; Is.54-62) y en la de Apocalipsis (Ap.12;17-22). Se habla de la esposa haciendo referencia al pueblo de Dios en su conjunto, identificándolo muchas veces con sus ciudades. Dios la hizo suya al recogerla desamparada y dándole su alianza, pero ella le fue infiel con los ídolos y cayó en completa corrupción, fornicación, prostitución y adulterio al faltar a los mandamientos y caminos del Señor. Jesús y sus apóstoles igual usan estas palabras con tal sentido (Mt. 2:39; Mc.8:38, Stgo.4:4; Ap.2:22). Pero, pese a la la infidelidad del pueblo, el amor de Dios sigue vigente, llamándolo a la conversión y reconciliándose apasionadamente. Tal reconciliación implicará un estado eterno de justicia, paz, misericordia, abundancia, luz y alegría como la de los recién casados, la alegría de una fiesta de bodas. Jesús también relaciona tal alegría con el reino de los cielos (Mt.22:1-14; 25:1-13; Jn.2:1-10), teniendo que ser pacientes y diligentes hasta su plena instauración. Al final del Apocalipsis vemos como es destronada la Gran Ramera o la Bestia, para que se presente con gloria la Esposa del Cordero, que es la Iglesia, pero también es imagen del Reino de Dios, la Nueva Jerusalén que desciende (Ap.21:9-10). Tal es el amor de Dios por su pueblo, que estos pasajes se suelen relacionar con el poema erótico de Salomón, el Cantar de los Cantares.

Pablo, al explicar a los gálatas que la salvación en Cristo es por su promesa y por su pura gracia, mediante la fe y no por cumplimiento de la ley, presenta la alegoría de Sara y Agar citando también a Isaías (Gal.4:21-31). Agar, esclava de Abraham, simboliza el pacto de la ley y la Jerusalén de este mundo. Sara, la esposa libre de Abraham, dio a luz por la promesa y representa el Nuevo Pacto y la "Jerusalén de arriba". A los romanos también les presenta la alegoría del matrimonio para decir que estamos muertos al pacto de la ley, para que nos casemos con Jesucristro conforme al pacto de la promesa, y Él nos libera, nos santifica y nos presenta a sí mismo sin mancha (Rom.7:1-6; 2Cor.11.2; Col.1:22; Ef.1:4). Cristo nos ha comprado para que seamos su cónyuge, o su siervo, y no lo ha hecho por bajo precio, sino que dio su vida. Con esto nos ha librado de la esclavitud que teníamos ante la ley y la muerte, por lo que hemos de vivir correspondiendo a su entrega. ¡Dejémonos conquistar por su inmesurable muestra de amor!

Antes de seguir con el aporte de Pablo, que responde a un contexto cultural distinto al de los profetas mencionados anteriormente, me parece relevante preguntarnos por la esencia del matrimonio. Ante los cambios a través de la historia... ¿qué es lo trascendente? Aquí he de destacar lo que dice Jesucristo, aludiendo a Gen.2:18-24:
"al principio de la creación, varón y hembra los hizo Dios. Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne; así que no son ya más dos, sino uno. Por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre" (Mt.19:1-12;5:31-32; Mr.10:1-12; Lc.16:18).
El matrimonio no se basa en la posesión de uno sobre el otro, sino que en la unión plena de dos personas. Cristo dignifica a la mujer criticando en aquel tiempo el divorcio, con el que desechaban, sin mayor razón, a la mujer como a un objeto. También destaco que Cristo tuvo tanto discípulos como discípulas (Lc.8:1-3, 23:55-24:1; Mt.27:55-56; Mc.15:40-41; Jn.19:25), y entre estas últimas estuvieron las privilegiadas que le anunciaron por primera vez (Mt.28:8-10; Mc.16:1-11; Lc.24:5-10; Jn.20:11-18, 4:25-42).

El matrimonio que propone Cristo se complementa bellamente con las palabras de Rut: “Donde tu vallas, yo iré” (Rut 1:16-17); con las de Salomón: "Cordón de tres dobleces no se rompe pronto" (Ec.4:9-12); y con las de Pablo: "La mujer no tiene potestad sobre su propio cuerpo, sino el marido; ni tampoco tiene el marido potestad sobre su propio cuerpo, sino la mujer" (1Cor.7:4). Es considerando este espíritu de unión y reciprocidad, que me atrevo a presentarles las siguientes palabras de Pablo:
Someteos unos a otros en el temor de Dios. Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él es su Salvador. Así que, como la iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos en todo. Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha. Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama. Porque nadie aborreció jamás a su propia carne, sino que la sustenta y la cuida, como también Cristo a la iglesia, porque somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos. Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne. Grande es este misterio; mas yo digo esto respecto de Cristo y de la iglesia. Por lo demás, cada uno de vosotros ame también a su mujer como a sí mismo; y la mujer respete a su marido. (Ef.5:21-33)
Antes de profundizar en el sublime sentido de estas palabras, he de trabajar aquello que hace ruido. Estas palabras han sido utilizadas por siglos para perpetuar el patriarcado, especialmente si se unen a otro pasajes paulinos en que se recurre a Gen.2 para naturalizar una relación jerárquica entre el hombre y la mujer (1Cor.11:1-16, 14:34-35; 1Tim.2:9-15). En estos se llega a decir que las "mujeres callen en las congregaciones; porque no les es permitido hablar", así como que "aprenda en silencio, con toda sujeción, porque no permito a la mujer enseñar ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio" e incluso que "Adán no fue engañado, sino que la mujer, siendo engañada, incurrió en transgresión, pero se salvará engendrando hijos". Digo con fuerza que es de gran irresponsabilidad e ignorancia usar estos pasajes fuera de su contexto, interpretándolos de forma literal y machista. No se puede someter el mensaje del Evangelio a este par de versículos, especialmente si en la misma carta en que se dice que callen, también se les reconoce para la oración y la profecía (1Cor.11:2-16), lo que implica hablar a los hombres para edificación, exhortación y consolación (1Cor.14:3); y el mismo autor[2] que dice que se salvarán engendrando hijos, también les da la potestad de elegir su propio estado civil, aconsejando la soltería y la vocación religiosa (1Cor.7). Ante todo, Pablo es un apóstol que reconoce y valora enormemente el aporte de sus colegas mujeres (Rom.16; Fil.4.2-3; Hch.18.1-3,25-26), entre las que habían ministras y misioneras iguales a él. Es más, al hablar de la Iglesia como cuerpo de Cristo (11º entrada), Pablo llama a que todos aporten con los dones que Dios le ha dado y que nadie ha de ocultarlos, pues es Dios quien actúa a través de ellos (1Cor.12; Rom.12). La Iglesia del primer siglo fue, sin lugar a dudas, un espacio que le otorgó a las mujeres mayor derecho y liderazgo, por lo que habrá ganado grandes conflictos internos y con el resto de la sociedad. Ante esto, los apóstoles habrán considerado prudente mantenerse dentro de la lógica patriarcal de la época, enseñando sumisión de parte de la mujer juntamente a la sumisión de los hijos y de los esclavos (Col 3:18-4:5; Tito 2; Ef.5:33-6:9; 1Cor.7), dependiendo todos del señor de la casa, quien los sustentaba. Hoy, ante una sociedad que quiere cambiar, y considerando que la Iglesia ya exigió de forma unánime la abolición de la esclavitud, ¿no debemos exigir también la abolición del patriarcado? ¿Qué otra cosa hemos de hacer, si confesamos que en el bautismo "ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús" (Gal.3.27-28), y que tanto hombre como mujer fueron creados a imagen y semejanza de Dios (Gen.1:26-27)? Aún bajo su piel patriarcal, aquellos pasajes polémicos de Pablo fueron tremendamente liberadores para la época y deben seguir siéndolo, pues en los mismos va insistiendo que "en el Señor, ni el varón es sin la mujer, ni la mujer sin el varón" (1Cor.11:11) y que el señor de la casa ha de cuidar humildemente a sus subordinados con temor a Dios, que no hace acepción de personas (Col 3:25; Ef.6:9). La ilustración de Ef.5:21-33, que he puesto como central en esta entrada, aparece encabezada con la frase que ha de regir todo lo que sigue: "Someteos unos a otros". La sumisión no debe venir de solo una parte, pues si alguien tiene mayor autoridad debe entregarse a sí mismo para potenciar a la otra parte, identificándose plenamente con ella y promocionándola en todo. Tal sentido se complementa perfectamente con lo tratado en la entrada anterior, en que imitar a Cristo implica necesariamente hacerse el menor y servir al otro. Pedro presenta igual el respeto y cuidado mutuo en el matrimonio como cuestión que refleja el Evangelio sin necesidad de palabras, y algo de lo que depende nuestra buena relación con Dios (1Pe.3:1-7).

Con todo, Ef.5:21-33 potencia con aún más pasión la imagen presentada por los profetas. No se trata solo de nuestra liberación, el pacto de la promesa, la fidelidad de Dios, nuestro apasionado reencuentro, el sustento, la santificación y la fiesta eterna, sino que de entrega mutua y de que "somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos". De ahora en adelante, la Pascua que celebramos en la Santa Cena y la concepción de la Iglesia como Cuerpo de Cristo, están inseparablemente unidas a la concepción de la Iglesia como cónyuge del Señor (cosa señalada igual en Jn.19:31-37[3]). Ahora vemos con mayor fuerza que nuestra vida no tiene sentido sin el Señor y que ésta ha de ser un proyecto común con todos los que son parte de su cuerpo místico. Hemos de entregar nuestra vida al Señor en todas sus dimensiones, en espíritu y cuerpo (1Cor.6:12-20), y hemos de servir al otro como a nuestro propio cuerpo, o aún más, como al mismo Señor, nuestra cabeza. Con todo esto, ya no le llamaremos más Mi Señor, sino que Mi Marido (Os.2:16), sabiendo también que Cristo no trataba a sus discípulos como siervos, sino que como amigos (Jn.15:15).

Oh, Señor, líbranos de usar estas preciosas imágenes para sustentar eclesiologías y mariologías patriarcales y castrantes. Déjanos moldear por tu palabra e impide que te utilicemos para imponer nuestra moral. Queremos serte fiel en este proyecto común y revestirnos de ti, ahora y por toda la eternidad, sabiendo que las muchas aguas no podrán apagar nuestro amor, ni lo ahogarán los ríos (Cantares 8:7). Amén.


[1] Sin poder profundizar mucho en el tema de género, recomiendo aprender del trabajo de Irene Foulkes. Lean "Pablo: ¿un militante misógino? Teoría de Género y Relectura Bíblica" y "CONFLICTOS EN CORINTO. LAS MUJERES EN UNA IGLESIA PRIMITIVA".Agradezco a mi hermano Josaphat Jarpa, que me facilitó tal material.
[2] Son muchos los que sostienen, a partir del método histórico crítico y de mano de la teología liberal, que varias de las cartas consideradas tradicionalmente paulinas no son realmente de Pablo, sino que de autores posteriores que le atribuyeron sus escritos al apóstol. Pero yo me opongo, pues es una teoría científica que todavía no se comprueba, pero sobre todo porque no he de quitarle autoridad a las Sagradas Escrituras.
[3] Jn.19:31-37. Al no quebrarse los huesos de Cristo se apunta a que Él es nuestro Cordero de Pascua (Ex.12:46; Nm.9:12; Sal 34:20) y así como Eva nace del costado de Adán (Gen.2:21-22), del costado de Cristo traspasado por la lanza nace la Iglesia. Esto es, del bautismo de agua y sangre, que es el Espíritu de gracia y súplica (Zac.12:10; Ap.1:7). Gen.2:21-22, más que una cuestión jerárquica entre hombre y mujer, debemos verlo como profecía cumplida en Jn.19:31-37.

lunes, 15 de diciembre de 2014

18° La Iglesia: huestes de la fe


Siempre tuve repulsión a la idea de ese Dios guerrero y a identificarse con la guerra o con un ejército. Sin embargo, es una imagen muy utilizada, especialmente entre los pentecostales y carismáticos. De todas formas, la imagen de la guerra abunda en la Biblia y no podemos ignorarla. Como veremos, es una imagen muy potente y apasionada de la Biblia, especialmente para aquellos que sufren.

En el Antiguo Testamento se nombra (Versión Reina Valera 1960) 273 veces a "Jehová de los ejércitos" o "Dios de los ejércitos" y en el Nuevo Testamento aparece 2 veces como "Señor de los ejércitos". En su idioma original es "YHVH-Sebaot". "Sebaot" significa literalmente "huestes", refiriéndose especialmente a batallas o servicio. Jehová de Sebaot es el nombre del Señor en su manifestación de poder, como Rey (Sal.24:10) y Señor de la gloria (1Cor.2.8). Eso si, es interesante que el invocar a Dios de esta forma no es propio de los pasajes bélicos como del Pentateuco, ni de Josué ni de Jueces (aunque son pasajes que igual construyen el concepto que se tiene de la Iglesia como ejército). Tal forma de invocar al Señor es usado especialmente por el profeta Jeremías, pero también por profetas como Hageo, Zacarías y Malaquías. Es el título distintivo de Dios en relación con la ayuda y consolación que Él nos da en tiempos de división y fracaso (1Re.18:15, 19:14; Is.1:9, 8:11-14, 9:13-19, 10:24-27, 31:4-5; Hag.2:4; Mal.3:16-17; Stgo 5:4). El salmista invoca a "Jehová de los ejércitos" como protector y pacificador, pues es nuestro escudo (Sal.84) y "hace cesar las guerras hasta los fines de la tierra[...] quiebra el arco, corta la lanza y quema los carros en el fuego" (Sal.46; Os.2:18). Para mí, hablar de "Jehová de los ejércitos" es hablar de aquél Señor misericordioso que nos protege y está por encima de los poderes y los males de este mundo, sabiendo que mi Dios puede contra todos los ejércitos de este mundo y les pondrá fin con certeza. Como dice en Isaías 2:4: "Y juzgará entre las naciones, y reprenderá a muchos pueblos; y volverán sus espadas en rejas de arado, y sus lanzas en hoces; no alzará espada nación contra nación, ni se adiestrarán más para la guerra."

Respecto a entender al pueblo de la fe como un ejército, he de destacar que tampoco se usa en los pasajes bélicos, donde la palabra ejército se usa más bien en su concepto práctico (sin dejar de ser una cuestión bastante simbólica). La única parte del Antiguo Testamento en que se habla del pueblo de Dios, en su conjunto, como ejército o huestes es en Éxodo 6:26; 7:4, 12:17,41,51, en relación a la liberación de la esclavitud. En el Nuevo Testamento no se habla literalmente del "ejército de la fe" o de "huestes de la fe", pero la alusión al conflicto y la lucha es recurrente (lo que también se relaciona al deporte (1Cor.9:24-25; 2Tim.2:5,4:7; Fil.3:14)), y también se presenta la imagen de que los creyentes somos soldados de Cristo. Veamos la siguiente ilustración:
Por lo demás, hermanos míos, fortaleceos en el Señor, y en el poder de su fuerza. Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo. Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes. Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes. Estad, pues, firmes, ceñidos vuestros lomos con la verdad, y vestidos con la coraza de justicia, y calzados los pies con el apresto del evangelio de la paz. Sobre todo, tomad el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno. Y tomad el yelmo de la salvación, y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios; orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos; y por mí, a fin de que al abrir mi boca me sea dada palabra para dar a conocer con denuedo el misterio del evangelio, por el cual soy embajador en cadenas; que con denuedo hable de él, como debo hablar.(Ef.6:10-20; 2Cor.10:3-5; 1Tes.5:8; Is.59:17)
La idea del Diablo, entendámoslo como un ser en sí mismo o solo como símbolo de la muerte y de nuestro pecado, sirve para entender que nuestro enemigo no son los otros. Nuestro enemigo es el Maligno, nuestro pecado, la incredulidad, la opresión y la injusticia. Ante tales cosas hemos de acudir a la defensa divina, estando firmes en la misión evangélica que da sentido a nuestra vida, esperando que la gracia de Dios enrole cada vez a más soldados. Con su ayuda hemos de proseguir adelante con la proclamación del Evangelio de paz y respondiendo (si es necesario) con el poder del Espíritu Santo, que se manifiesta especialmente con la Palabra de Dios. Nuestra lucha es completamente pacífica, pues no tenemos otra arma que la Palabra de Dios. "No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos" (Zac.4:6). Hemos de responder humildemente enseñando la verdad del Evangelio, con palabras y con entrega mutua, y la Palabra de Dios nos llevará también a la oración, con la que recurrimos a nuestro Rey y con la que nos apoyamos mutuamente, permitiendo que el Espíritu nos una para ir firmes y adelante como un solo equipo, combatiendo unánimes por la fe del Evangelio (Fil.1:27; 1Cor.14:8).

Hemos de recurrir siempre a la oración y a Dios, pues no podemos confiar en nosotros mismos, que constantemente caemos en las diabólicas lógicas de poder de este mundo. Hemos de cuidarnos de nosotros mismos, que no nos aferremos a las seguridades y poderes terrenales, sino que como militantes del Reino nos alejemos de tales cosas (1Tim.6:10-12; 2Tim.2:3-4). En el encuentro de Jesús con el Diablo en el desierto, se puede identificar cómo Cristo condena la tentación del poder económico, del poder religioso y del poder político-militar (Mt.4:1-11; Mr.1.12-13; Lc.4.1-13; Jn.2:18,6:15,26,31). Esto mismo hace sintonía con la imagen apocalíptica de la Bestia y la Gran Ramera de Daniel 7 y Apocalipsis 17. Sin entrar en mayor interpretación, esta Bestia tiene poder sobre los reinos de este mundo, se adorna con metales preciosos, persigue a los santos de Dios y destroza el mundo. El poder de este mundo es lo que caracteriza al mal. Vivimos bajo un orden social lleno de violencia, sometidos a los poderosos y maleantes de hoy o a nuestro propio pecado. Sin embargo, confiamos en que Dios mismo juzgará y acabará con el orden actual, para que empiece el gobierno pleno de Dios en la tierra: el Reino de Dios en la segunda venida de Cristo (Dn.7:13-14, 25-27; Ap.17:14-18; Is.11; Hch.1:9-11; Mt.24:29-51, 26:64; Mr. 13.24-37; Lc.21:25-36; 2Tes.2:3-11).

Por todo esto, hemos de ser como extranjeros en este mundo, como peregrinos que se abstienen de lo mundano que batalla contra el alma (1Pe.2:11; Heb.11:13; 13:14; Stgo.4:1). Existe aquella dicotomía entre el Reino de Dios y el reino del mundo. Entonces... ¿Cómo actuar ante las autoridades civiles, los poderosos y los que gobiernan este mundo? Es muy citado cuando Pablo dice "sométase toda persona a las autoridades superiores" (Rom.13), pero lejos de interpretarlo desde la perspectiva autoritaria, me siento interpelado por la interpretación de Dietrich Bonhoeffer[1]:
El cristiano no debe aspirar a situarse en el mismo plano de los que tienen el poder; su vocación es la de permanecer abajo. Las autoridades están arriba, mientras él se encuentra abajo. El mundo reina, el cristiano sirve; así está en comunión con su Señor, que se hizo esclavo.
Recordemos que Pablo sabía bien qué era ser perseguido por la autoridad (Hch.9:23-30; 13:49-52; 14:1-6, 19-20; 16:16-37; 17:1-14; 18:1-6; 19:21-39; 21:1-23; 22:30-23:11; 25:1-12; 25:23-26:32) y recordemos que "es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres" (Hch.4:19, 5:29). Si leemos con cuidado el pasaje de Rom.13, notaremos que su fin no es justificar a los poderosos, sino que insistir en que Cristo es el único Señor del ser humano y que no hemos de adjudicarnos señorío enfrentándonos a la autoridad, sino que hemos de vestir las armas de la luz (v.12), que es el amor al prójimo, el cumplimiento de la ley del Reino. Ley con la que nos gozamos en la persecusión (Mt.5:1-11) y con la que damos la otra mejilla (Mt.5:38-42). Insisto en que el enemigo no es el otro, sino que hemos de cuidarnos nosotros de no caer en las lógicas del Maligno. Ante la dureza de las autoridades, hemos de saber que nosotros debemos ser distintos (Mc.10:42-45) y hemos de orar por ellas (Mt.5:44; 1Tim.2:1-2), pidiendo a Dios que las utilice para hacer su voluntad. Con todo, una comunidad o sociedad siempre necesitará gente que la dirija o tener ciertos roles de autoridad o responsabilidad. No existe responsabilidad sin autoridad. Toda comunidad necesita cierto orden para que podamos luchar juntos, avanzar juntos. Así mismo, todos tenemos autoridad sobre otros en algún momento de nuestra vida, sea en menor o mayor grado. Rom.13 apunta a que tal autoridad no es propia, sino que se la debemos a Dios y debemos usarla en pos del bien común, sirviendo siempre al Señor y al prójimo.

Me encantaría profundizar también respecto a la riqueza y la pobreza, sabiendo que el ser soldados de Cristo es militar por la austeridad y por los pobres (1Tim.6:3-19, 2Tim.2:1-13; 1Cor.9:7; Heb.10:32-34; 1Jn.2:14-17), y que no podemos servirle a dos señores (Mt.6:24; Lc.16:13). Sin embargo, es un tema amplio y que se escapa de esta serie de entradas.

El tema del poder y la autoridad es complejo, sabiendo que el concepto de la Iglesia como ejército puede llevarnos tanto al rechazo de la autoridad y sociedad corruptas, así como a cooperar con las autoridades y el resto de la sociedad en la construcción de un mundo mejor. ¡Qué gran tensión tenemos en nuestra vida! ¿Es completamente malo el mundo en el que estamos? Para nada, pues lo creado por Dios es bueno (Gen.1:10,12,18,21,25,31) y hemos de amar al mundo, así como Dios ama al mundo (Jn.3:16). Si decimos que la Palabra se hizo carne, es porque Dios no menosprecia este mundo ni lo material, sino que vive en su creación (de la cual somos parte) y la santifica, como también tratamos en las entradas 15° y 16°. Lo negativo de la palabra "mundo" hace alusión a las lógicas de poder de este mundo (sometido por nuestro pecado), que son completamente opuestas al poder no violento que el Espíritu Santo nos enseña. Vemos cómo los judíos esperaban que el Mesías fuera un libertador que le hiciera guerra al imperio y reinara en su lugar, pero Jesús dice: "mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado" (Jn.18:36; Mt.22:21; Mr.12:17; Lc.20:25). En la entrega de Cristo vemos de forma sublime el carácter de la guerra que luchamos, en la que hemos de vencer el mal con el bien (Rom.12:21; 1Tes.5:15; 1Pe.3:9) y en la que los postreros serán los primeros (Mt.19:30,20:16; Mc.10:31; Lc.13:30). En esto vemos lo que Francisco de Asís[2] llamaba "lo kenótico", que es hacerse el menor, lo que Jesucristo hizo al encarnarse y nacer en un establo, al servir a los excluidos y especialmente en su muerte en la cruz. En la oración intercesora de Cristo en Jn.17, Él ora especialmente por esta tensión. Así como Él, no pertenecemos a este mundo, pero de ninguna forma nos debemos abstraer del mundo, pues Cristo nos ha enviado a éste (v.14-18). Cristo pide al Padre que nos proteja del Maligno que asola este mundo, y por lo mismo debemos estar unidos (v.21). Es aquí donde hemos de aferrarnos a Cristo, nuestra verdad, confiados en que su oración ha sido escuchada y que va delante nuestro en la batalla con todo su ejército celestial. Tengámosle a Él como estandarte, bandera o pendón y avancemos con confianza (Sal.20:5; Is.11:10-12, 62:10). No debemos temerle a esta batalla ni debemos temerle al mundo ni refugiarnos de él, pues Cristo ha vencido al mundo (Jn.16:33). ¡Aleluya! Como dice aquél grito de júbilo: "¿Quién vive? ¡Cristo! Y a su nombre: ¡Gloria! Y a su Iglesia: ¡Victoria!".

Para concluir, debo decir que es tentador usar estos conceptos para pelearnos entre nosotros, abogando por lo que uno considera bueno, negando que el otro sea cristiano si no calza con nuestra moral o nuestro ideal. Pero he de insistir que la fe no se basa en una moral ni en ideas[3], y que todos los que confesamos a Cristo somos parte de un mismo equipo, un mismo partido, un mismo ejército unido por una misma misión, siguiendo a un mismo Señor. Los cristianos no podemos ser fieles a nuestra lucha si nos peleamos entre nosotros, pues todo reino divido será asolado (Lc.11:17). Al compararnos con un ejército, hemos de entender que nuestra misión requiere de cierta disciplina, que nos entrenemos constantemente en la lectura y oración comunitaria, y que hemos de dar nuestra vida por el Evangelio, dispuestos a morir por la causa (2Tim.2:11-12)[4]. Vayamos adelante con valor, sabiendo que Cristo, al resucitar, ya venció a la muerte y con ella al pecado y al Maligno (Rom.6:9-11). Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? (Rom.8:31; Sal.27:1; Mt.16:18)

Les dejo, entonces, con tres canciones muy buenas respecto al tema. Bendiciones.

Firmes y adelante, huestes de la fe

Castillo fuerte es nuestro Dios

Yo soy un militante


[1]El Precio de la Gracia: El seguimiento, Dietrich Bonhoeffer. Ediciones Sígueme, sección "iglesia visible", pág. 194. DESCARGAR.
[2]Francisco de Asís, a quien le debemos esa hermosa oración: "Hazme un instrumento de tu paz".
[3]Nuestra fe se basa únicamente en una persona, que es Cristo, y en seguir su ejemplo.
[4]Idea que viven todos aquellos que son perseguidos por su fe, y que también encarnan los Equipos Cristianos de Acción por la Paz (http://cpt.org/), motivados por la siguiente pregunta: “¿Qué pasaría si los cristianos dedicaran la misma devoción y disciplina en sus acciones por la paz que los ejércitos dedican en sus acciones bélicas?” Recomiendo revisar el material que tienen del pacifismo en relación a la Biblia: http://cpt.org/es/resources/training/bibical_nonviolence

viernes, 21 de noviembre de 2014

17° La Iglesia: Camino


En la entrada anterior hablaba del concepto de santidad y de cómo se denominaba "santos" a los creyentes, antes de usarse la denominación "cristianos". "Cristiano" significaba literalmente "partidarios de Cristo", denominación que empezó a ser usada de parte de los que perseguían a los creyentes, antes que Roma los tolerara y antes de que se "cristianizara". Acá voy a reflexionar, cortito, sobre otra palabra con la que los primeros discípulos se identificaban a sí mismos: Camino (Hch.9:2,19:9,23;22:4,24:14,22).

En la Biblia (Reina Valera 1960) aparece 741 veces la palabra "camino". Claro que la mayoría de las veces la usa de forma práctica, sin dejar de ser una cuestión muy simbólica, y otras muchas la usa metafóricamente. Es una imagen muy fuerte, sabiendo que como Iglesia somos un pueblo que camina por el mundo, así como el Israel del éxodo caminaba por el desierto hacia tierra prometida. La Biblia entera nos es dada para que sigamos el camino del Señor, hacia el reino de nuestro Padre celestial.

Este concepto enfatiza lo tratado en la entrada 8°, acerca de la misión y el discipulado. Como discípulos, hemos de entregar toda nuestra vida a seguir los pasos de Jesús, y aprender de sus enseñanzas. Jesús, como revelación cúlmine de Dios, es el maestro que enseña el camino de Dios con verdad (Lc.20:21; Mc.12:14). Él mismo, antes de terminar el Sermón del Monte (Mt.5-7), dice: "estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan" (Mt.7:14). Sin embargo, el camino no es simplemente seguir sus enseñanzas. En Juan 14:6 dice: "Yo Soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí". Justamente, el camino del Señor no se trata de seguir preceptos, sino de creer y creerle a aquél que el Padre envió para ser nuestro camino (Jn.6:28-29).

De ninguna forma pensemos que el concepto del camino es una cuestión excluyente, pues es en el camino, en el seguimiento, en el envío, en la misión, que sanamos al otro y lo incluimos en el gozo del reino, sin distinción alguna (Mt.22:9; Lc.18:35-43; Mt.20.29-34; Mr.10.46-52; Hch.8:36-39; Lc.10:33). La misión de la Iglesia, como pueblo que peregrina, es un constante éxodo hacia el otro, un salir de sí mismo para encontrarse con el otro en el camino. Es justamente así que imitamos a nuestro maestro, aquél caminante que se despojó de sí mismo para reconciliar al mundo. En el camino no solo nos encontramos con el otro, sino que es en el camino que se nos revela el Señor, como sucedió a los discípulos camino a Emaús (Lc.24:13-35; Mc.16:12). La Vida se hace presente hoy y ahora, en el camino, sabiendo que la bendición de Dios no se basa en que nosotros seamos santos o perfectos, sino en que caminemos detrás de Aquél que es santo y perfecto, buscando ser cada vez más como Él (Fil.3:12-14).

Jesús es el Camino... ¿cómo es que se le puede llamar Camino a la Iglesia? ¡Que cosa tan tremenda! De ninguna forma seremos Camino si nos predicamos a nosotros mismos o si nos atribuimos poder en este mundo, sino que predicando al único Señor de este mundo y encarnándolo al vivir conforme al Espíritu Santo. Viviendo esa vida que es la comunión de los santos, la Iglesia que se entrega al mundo así como Cristo se entregó por todos nosotros. La Iglesia es Camino en cuánto se entienda que la Iglesia no es otra cosa que una vida de discipulado, de caminar juntos y como iguales detrás de Cristo, aferrados a Él. Ayúdanos, Señor, a vivir tu Camino. Amén.

viernes, 19 de septiembre de 2014

16° La Iglesia Santa: los santos


Antes que todo quiero aclarar que, al igual que el término "pecado", considero que la mayoría usa el término "santo" sin considerar su sentido bíblico. Cuando hablo de "los santos", de ninguna forma me refiero a lo que suele referirse la religiosidad católica... esto es personas que tuvieron un testimonio de vida destacado, a las cuales hemos de venerar o pedir intercesión. Esa es una idea que rechazo, fiel al legado evangélico-protestante, pues pone énfasis en la obra de los humanos en vez de poner énfasis en la obra de Dios. Los mismos apóstoles rechazaron algún tipo de veneración o adoración (Hch.10:25-26; 14:11-14), al igual que los ángeles (Ap.19:10; 22:9). Como ya he repetido varias veces: ¡solo hemos de postrarnos ante Dios! En realidad, el único verdaderamente santo es el Señor, y hemos de dirigirnos a Él por la intercesión que es a través de Jesucristo solamente. Claro que me parece provechoso recordar el testimonio de personas destacadas, pero eso es otra cosa.

Cuando hablo acá de "los santos", lo hago en el mismo sentido que Pablo en la mayoría de sus cartas. Es relevante recordar que el pueblo de Dios, al menos en la Biblia, nunca se denomina así mismo "cristiano". El referirse a la Iglesia como "los cristianos" es una cuestión posterior, y vemos en las epístolas que entre ellos se denominaban “los santos”. Pablo suele denominar "santos" a los creyentes en general en varios de sus saludos y despedidas (Ef.1:1; Fil 1:1,4:21-22; Col.1:2; 1Tes. 5:27; Heb.3.1,13:24) o en cualquiera de sus exhortaciones o referencias a los creyentes (1Cor.14:33,16:15; Ef.1:4,15,18,2:19,3:8,18,4:12,5:3,27,6:18; Col1:4,12,22,26,3:12; 1Tim.5:10; 1Tes.3:13; 2Tes.1:10; 1Cor.6:1-2; 1Cor.14:33; Rom.8:27,12:13,16:2,15,15:25,26,31; Heb 6:10). También lo hace Judas, hermano de Jacobo, (Jud.1:1-3), Lucas en Hechos 9:32 y el apocalipsis de Juan (Ap.5:8; 8:3,4;11:18;13:7,10). También se usan otras fórmulas similares, que dicen mucho del significado de este término, como el ser “llamados a ser santos”, “santificados”, “llamados para santificación”, etc. (Rom.1:7,6:19-22; 1Cor.1:2,6:11; 1Pe.1:2; 2Tes.2:13).

Pero, ¿qué significado se le da a este término? Literalmente quiere decir “apartado”, “dedicado a…”, “escogido para…”. En el Antiguo Testamento vemos cómo se le relaciona al cumplimiento de la ley y a la pureza, a dedicarse completamente a lo religioso absteniéndose de cosas consideradas impuras o mundanas. Diría que el mayor ejemplo de santidad en la ley de Moisés se ve en la dedicación de los nazareos (Núm.6:1-21; Jue.13:5-7) y en la religión del templo, en que dependiendo de la “santidad” de la persona a qué partes podía entrar, pudiendo solo el sumo sacerdote entrar al Lugar Santísimo separado por el velo (Heb.9:1-7). En Lv.16 se muestra el ritual que debía hacer el sacerdote para purificar o santificar el templo. Diría que ese sentido de "pureza graduada" es la que prepondera entre los católicos romanos y entre los evangélicos fundamentalistas, que con su obsesión por lo sexual se han alejado de lo bíblico y de los orígenes que tiene el Movimiento de Santidad en el metodismo de Wesley, enraizado en el pietismo de Spener difundido gracias a los Hermanos Moravos. Gloria sea a Dios por aquellas obras del Espíritu.

Como veíamos en la entrada anterior, el Nuevo Testamento da un nuevo sentido al concepto de templo y de sacerdocio, haciéndolo igual con la idea de la santidad. Profundizando en el concepto de la Iglesia como templo y santuario, hemos de decir que con la cruz de Cristo se ha roto el velo del templo (Mt.27:50-51; Mc.15:37-38; Lc.23:45-46), por lo que ya no hay ninguna distinción entre los hijos de Dios. En la Iglesia, el templo de Dios, ya no hay gente más cerca o más lejos de Él, siendo Cristo el único sumo sacerdote y todos hemos de relacionarnos directa y personalmente con Él. Así como no se puede dar medida a nuestro pecado ni estratificar a los pecadores, tampoco se ha de dar medida a nuestra santidad ni estratificar a los santos. Se ha de destacar que, en términos estrictos, solo Dios es santo (Ap.15:4, 4:8; Is.6:3) (Mc.10:18; Mt. 19:17; Lc.18:19), pero es por lo mismo que nosotros también hemos de ser santos y hemos de abandonar el pecado (Lv.19:2,21:8; 1Pe.1:13-23; Mt.5:48).

¿Cómo podemos hablar de nuestra santidad y de una Iglesia Santa, si en la 2° entrada se puso tanto énfasis en que todos somos y seguimos siendo pecadores y que la Iglesia es pecadora? De todas formas, aseverar que la Iglesia es pecadora y al mismo tiempo santa es contradictorio, pero sin lugar a dudas es un aspecto esencial de la fe cristiana, sabiendo que "lo insensato de Dios es más sabio que los hombres" (1Cor.1:18-25). El santuario de Dios no es tal por las piedras que lo componen ni por sus características, sino porque es morada del Altísimo, de su Espíritu Santo. No importa la fragilidad que tengamos como piedras de su templo, es su Espíritu el que sostiene el edificio. Las ramas no son santas por lo que son, sino porque están unidas a la raíz (Rom.11:16). Cristo es el que nos hace santos, al dejarnos ser parte de su santuario, al estar junto a Él en el Lugar Santísimo por la justicia que Él ha llevado a cabo en la cruz (Rom.3:21-26,10:3; Fil.3:9; 1Pe.2:24). He aquí que la denominación “santos” se refiere, en palabras de Bonhoeffer: “al acontecimiento único del bautismo y de la justificación [...] Los santos siguen siendo los pecadores justificados.”[1] Pedro también afirma que no por ser bautizados y salvos estamos libres de nuestra inmundicia (1Pe.3:21). El ser santos no viene de una gracia o pureza nuestra, sino del hecho de que es Cristo quien nos llama, quien nos ha escogido y nos dedica completamente a Él, a pesar de nuestro pecado. Esto no nos separa de lo “mundano”, pues como ya he mencionado en entradas anteriores, Cristo nos envía al mundo, dedicando todo lo que hacemos, en todas las esferas de nuestra vida, al servicio cristiano. Sea dónde estemos y qué hagamos, la fe nos tiene en su santuario y nos hace parte del cuerpo de Cristo en la tierra. He aquí es relevante afirmar que la Iglesia es tanto parte del mundo (pecadora) como revelación de Dios para el mundo (santa). Como decía Lutero: simul iustus et peccator (al mismo tiempo justos y pecadores).

Siendo que la justicia, la santidad, la salvación, la sanidad no vienen de nosotros, es que somos hechos completamente libres de ser santos por nuestra cuenta. Pero esta libertad no es otra cosa que la vida de santificación: vivir efectivamente conforme al Espíritu Santo. Que no sea solo Dios quien vea la santidad de Cristo en la Iglesia, sino que nos revistamos de Cristo (Rom.13:14, Ef.4:24) y vivamos de forma visible aquél gozo que nos ha regalado. Si Cristo ha dado su vida por nuestra liberación y santificación… ¿acaso no estamos pisoteando y despreciando su cruz cada vez que pecamos deliberadamente? ¡Andemos conforme al llamado que nos han hecho, correspondiendo a nuestro salvador! (Heb.10:29; Col.1:10; 1Tes.2:12; 4:3,7-8; Ef 4:1; Flp 1,27; 2Cor.7.1). La parábola del Buen Samaritano (Lc.10:25-37) nos da un buen indicio de qué significa para nuestro Maestro el ser santos y cumplir con su ley. El sacerdote y el levita no evaden al moribundo por ser malos o no, sino que la ley de Moisés prohibía el contacto con la sangre y con los muertos como cosas impuras… ¡especialmente a aquellos dedicados al templo! En el samaritano, aquel que ni merecía ser llamado judío ni prójimo, que se ensucia las manos movido por la misericordia y la compasión, Jesucristo pone nuestro ejemplo de santidad. La santidad no depende del cumplimiento de una moral, de una ley, de un código de ética, de la abstención de lo impuro…. Sino de aceptar nuestra incapacidad y acudir a Cristo, que nos lleva a una vida conforme al Espíritu Santo. Esta vida santa es lo que he tratado en toda esta serie de entradas. La santidad es aceptar el espacio que Cristo nos da en la comunión de los santos, ser su pueblo, ser su familia, ser sus discípulos, ser sus ministros, ser sus embajadores, ser trigo y viña que de fruto, ser obreros diligentes, ser su rebaño, ser edificio cimentado en su Palabra, ser cuerpo de Cristo acá en la tierra que se entrega por el otro… corresponder a nuestro bautismo y a todo lo que nos ha convertido. Qué bonito sería llamarnos nuevamente “santos” los unos a los otros, poniendo énfasis en la obra que Cristo ha hecho en nosotros y en nuestra vocación.

¡Oh, Señor! ¡Queremos dedicar nuestra vida a ti! ¡Apártanos de una vida sin sentido, de una vida que no te reconoce en el mundo, en el pobre, en el enfermo, en el preso! ¡Apártanos de una vida que no te reconozca como el único Señor de todo, tanto de lo religioso como de lo cívico! ¡Apártanos del orgullo de querer ser santos a solas, sin una comunidad visible de hermanos! ¡Fortalece la comunión que nos une los unos a los otros en torno a tu Palabra, sabiendo que así cultivamos el Santo Espíritu que nos has dado! Amén.




[1] El Seguimiento, ediciones sígueme, pag. 209, Dietrich Bonhoeffer

sábado, 16 de agosto de 2014

15° La Iglesia: edificio y templo de Dios


En la última entrada pudimos ver cómo en 1Cor.3, Pablo habla de la Iglesia como labranza y como obreros, pero también dice que somos un edificio. Los términos relacionados a la construcción son muy usados por Pablo, quien constantemente dice que hemos de edificarnos los unos a los otros y estar bien cimentados (1Cor.14:12,26; Col.1:23-24; 1Cor.8:1; Ef.3:17,4:16). Y es en este sentido que se presenta la imagen del edificio como crítica ante las divisiones dentro de la comunidad, especialmente al entender que el fundamento sobre el cuál está cimentada la Iglesia es solo uno: Jesucristo (1Cor.3:11; Ef.2:20-22; Sal.118:22; Mt.21:42-44; Mr.12:10; Lc.20:17-18; Hch.4:11; 1Pe.2:4; Rom.9:33; Is.8:14). Jesús de Nazareth no solo es aquella roca firme que nos da vida y seguridad (Ex.17:5-6; 1Cor.10:4; 2Sam.22:2; Is.17:10), sino que será causa de fracaso para aquellos que la ignoran. Como dice Cristo mismo al terminar el sermón del monte:
Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca. Descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada sobre la roca. Pero cualquiera que me oye estas palabras y no las hace, le compararé a un hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena; y descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y dieron con ímpetu contra aquella casa; y cayó, y fue grande su ruina. (Mt.7:24-27; Lc.6.46-49)
Efectivamente es Cristo, su Palabra, su Espíritu, su Evangelio la base unificadora de la Iglesia, razón por la cual podemos decir que Simón es llamado Cefas o Pedro (piedra en arameo y griego respectivamente Mt 16:18; Juan 1:42). Simón Pedro confiesa que Jesús es el Cristo, el Salvador (Mt.16:13-20; Mr.8:27-30; Lc.9:18-21), y en la versión de Mateo se especifica que luego de esto Cristo le dice: "sobre esta roca edificaré mi Iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos..." (v.18-19). El Padre pone la Buena Nueva en el corazón y boca de Simón Pedro y así lo hace parte de su edificio, así como hace con cada uno de nosotros al confesar a Cristo, haciéndonos ciudadanos de su Reino y dándonos la llave de la salvación. Nótese que al decir "sobre esta roca edificaré la Iglesia", Cristo ha de ser referencia a sí mismo, como Hijo de Dios. Como dice Pedro:
Acercándoos a él, piedra viva, desechada ciertamente por los hombres, mas para Dios escogida y preciosa, vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo. Por lo cual también contiene la Escritura: 'He aquí, pongo en Sion la principal piedra del ángulo, escogida, preciosa; y el que creyere en él, no será avergonzado'. Para vosotros, pues, los que creéis, él es precioso; pero para los que no creen, 'la piedra que los edificadores desecharon, ha venido a ser la cabeza del ángulo'; y: 'Piedra de tropiezo, y roca que hace caer, porque tropiezan en la palabra, siendo desobedientes; a lo cual fueron también destinados'. Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable; vosotros que en otro tiempo no erais pueblo, pero que ahora sois pueblo de Dios; que en otro tiempo no habíais alcanzado misericordia, pero ahora habéis alcanzado misericordia. (1Pe.2:4-10)

Pedro recoge muchos conceptos al rededor de la idea de la Iglesia como edificio, piedras vivas cimentadas en Cristo, la piedra fundamental. Por una parte habla de pueblo, linaje escogido y nación, similar a cómo se hace en Ef.2:11–22. No somos solo un edificio, sino que también somos una casa, una familia (1Tim.3:15; 2Tim.2:20; Heb.3:6) y un solo pueblo, una sola nación, parte de una misma ciudad celestial que se concreta en la vida comunitaria (Mt.5:14). En la estructura del edificio cimentado en Cristo, nadie es advenedizo, somo todos iguales y sin distinción somos llamados a ensamblar su templo en la tierra. ¡No somos solo edificio, sino que también somos su templo! Pedro lucha acá contra la religión judía del templo y los sacrificios, en que los sacerdotes hacían de intermediarios entre Dios y el resto. Como explica la carta a los hebreos, en Cristo es abolido el sacerdocio instaurado por Moisés, pues Cristo es el único intermediario entre Dios y nosotros, el único sumo sacerdote que realiza aquel sacrificio que nos santifica (Heb.3), y el sacrificio de nuestra parte es responder con el seguimiento, pero que en realidad no es sacrificio, sino que Gracia. Aquí se fundamenta la doctrina del sacerdocio universal de todos los creyentes. ¡Los cristianos somos un pueblo de sacerdotes, tenemos aquel real sacerdocio que es solo a través de Jesucristo, sin más intermediarios, y todos estamos llamados a proclamar esta gran virtud! Así pues, como templo y santuario vivientes de Dios, tenemos aún más certeza de que Él nos acompaña. Pues como templo, el Espíritu de Dios mora en nosotros (2Cor.6:16; Ef 2.21-22; 1Cor 3.16-17,6:19; Ap.21:3). El verdadero templo en el que habita Dios no son los edificios que construimos nosotros, sino que somos nosotros mismos como comunidad, nosotros mismos somos ese edificio, ese templo, ese santuario en el que habita El Señor.

En la siguiente entrada profundizaré en el concepto de la santidad, pero es importante entender que como santuario hemos sido purificados, así como Jesús purificó el templo de Jerusalén, echando a los que hacían de la religión un negocio, una estafa: "Mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones. Mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones" (Jn2:13-22; Mt.21:12-13; Mr.11:15-18; Lc.19:45-46; Is.56:7). Para ser fiel a aquella purificación es que Lutero protestó contra las prácticas y doctrinas de la iglesia romana medieval, cuando estafaban a los cristianos con las indulgencias, además de prohibir la Biblia, los himnos, las misas en lengua vernácula, etc., acorde a la idea de un Dios lejano que tiene a la jerarquía eclesial como intermediaria (ideas que al fin empiezan a cambiar en la iglesia romana con el Concilio Vaticano II).

Según Juan, ante tal arrebato de nuestro Cristo contra los cambistas del templo, le exigen una señal y Él responde: "Destruid este templo, y en tres días lo levantaré", agregándose luego: "Mas él hablaba del templo de su cuerpo" (Mt 26:61,27:40; Mr.14:58;15:59; Jn.2:19-21; Ap 21:22). Cristo es el templo, y con su resurrección y Espíritu levanta también a la Iglesia, que es su cuerpo, templo de Dios acá en la tierra, que también hace alusión a aquél templo en el que viviremos eternamente (2Cor.5:1-4). Se fortalece aún más la concepción de la comunidad de creyentes como un solo cuerpo con una sola cabeza, como un solo rebaño con un solo pastor, como ramas unidas a la única vid verdadera. La iglesia es un solo edificio con una sola piedra angular que es Cristo, pero también Cristo es el edificio mismo.

¡Oh, Señor! ¡Ayúdanos a ver que cada uno es una piedra viva de tu templo y debemos estar cimentados firmemente en el único fundamento, que es Cristo, tú Palabra! ¡Refrena la tentación de aquellos que quieren ponerse entremedio de ti y tu pueblo! ¡Como un solo edificio, crea la comunión y reconciliación entre todos aquellos que confiesan tu nombre! ¡Que tu Evangelio nos una más y más, dando señales de tu Reino y tu presencia en el mundo hoy! Amén.

viernes, 1 de agosto de 2014

14° La Iglesia: obreros y mayordomos del Señor


Aquí quiero profundizar en algo ya mencionado en la entrada anterior, en que hablamos de la Iglesia en términos agrícolas. Hice referencia a pasajes donde la Iglesia es un campo de trigo o una viña, pero al mismo tiempo se habla de la Iglesia como labradora u obrera de este campo o viña, así como otros oficios. El concepto de hijo de Dios como obrero tiene mucha relación a lo tratado en la entrada 8°, en la que decía que conforme a la misión evangélica hemos de reconocer a Cristo como Señor y Maestro. O sea, que somos sus siervos y discípulos y trabajamos en su misión. En la entrada 9° se habla de la Iglesia como ministros y embajadores de Cristo y en la 12° se hace alusión a los pastores. Todas ideas muy relacionadas a este tema, pues el concepto de obrero se relaciona especialmente con el ministerio ordenado, aunque todo cristiano ha de sentirse como obrero de su Señor y ha de trabajar en su viña, sea en lo religioso o en lo civil. También aprovecharé de presentar al cristiano como un mayordomo responsable, que siendo algo distinto sigue estando bastante relacionado. Finalmente destacaré la parábola de los obreros de la viña, porque me gusta mucho. Finalmente destacaré la parábola de los obreros de la viña, porque me gusta mucho.

Leamos 1Cor.3, que dice:
Porque diciendo el uno: Yo ciertamente soy de Pablo; y el otro: Yo soy de Apolos, ¿no sois carnales? ¿Qué, pues, es Pablo, y qué es Apolos? Servidores por medio de los cuales habéis creído; y eso según lo que a cada uno concedió el Señor. Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios. Así que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento. Y el que planta y el que riega son una misma cosa; aunque cada uno recibirá su recompensa conforme a su labor. Porque nosotros somos colaboradores de Dios, y vosotros sois labranza de Dios, edificio de Dios. Conforme a la gracia de Dios que me ha sido dada, yo como perito arquitecto puse el fundamento, y otro edifica encima; pero cada uno mire cómo sobreedifica. Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo.
(1Cor.3:4-11)
Ante la actitud sectaria dentro de la comunidad de Corinto, en que los cristianos se dividían conforme a cuál apóstol o misionero se apegaban, Pablo usa la imagen del obrero del campo y de la construcción para dar a entender que el único Señor es Dios, y que es Su Palabra la que actúa, y todos hemos de labrar juntos, crecer y sobreedificar en base a Cristo. Y en 2Tim.2 exhorta a ser un obrero aprobado, diciendo: "el labrador, para participar de los frutos, debe trabajar primero" (v.6), "procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad" (v.15) y "porque el siervo del Señor no debe ser contencioso, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido" (v.24). ¡No seamos como los obreros malvados (Mc.12:1-12; Lc.20:9-19)!

Aprovechando todavía el lenguaje agrícola, podemos hacer referencia a la parábola de los talentos (Mt.25:14-30; Lc.19:11-27), según la cual hemos de rendir cuentas al Señor de lo diligentes que hemos sido, cada uno por su cuenta (Rom.14:4). El Señor le responde al siervo diligente: "Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor" (Mt.25:21). En cambio, había uno negligente que no se arriesgó ni trabajó los talentos o dinero dados por Él: "porque tuve miedo de ti, por cuanto eres hombre severo, que tomas lo que no pusiste, y siegas lo que no sembraste. Entonces [El Señor] le dijo: Mal siervo, por tu propia boca te juzgo. Sabías que yo era hombre severo, que tomo lo que no puse, y que siego lo que no sembré" (Lc:19:21-22). Esta parábola es la principal para hablar de la mayordomía, que se basa principalmente en el hecho de que todo le pertenece a Dios y nosotros no somos dueños de nada. He ahí la gran ofensa del negligente, que no quería que el Señor tomara lo que efectivamente era suyo ni que segara lo que efectivamente sembró. El trabajo y la mayordomía son características de la especie humana, viéndose en Gen.2:7-8; 1:26-30 que Dios nos creó para trabajar, administrar y cuidar de su creación, para hacernos responsables de su creación sabiendo que somos parte de ella, siendo todos parte de un todo, y que la creación no es nuestra, sino que de Él y para todos. La Ley de Moisés también se preocupa por el descanso de la tierra y los animales (Lev 25:2-7; Ex 23:10-13; Ex.20:8-11; Dt.5:12-15), dejando claro que los males de la tierra son por culpa del pecado humano (Gen.3:17-19; Os.4:1-3; Jer.14:1-6; Is.24:5-6) y que en general tenemos una conexión especial con la creación entera, que será completamente restaurada por Dios (Gen.2:7; 4:10; Rom.8:19; Ap.21:1).

La parábola de los talentos está antecedida en Lucas por el encuentro de Jesús con Zaqueo, cobrador de impuestos corrupto que se arrepiente y da sus bienes a los pobres (Lc.19:1-10), y en Mateo la parábola de los talentos está junto a la de las diez vírgenes (Mt.25:1-3), que también plantea nuestra responsabilidad ante el tiempo y bienes limitados, terminando el capítulo con el juicio de las naciones (Mt.25:31-46), señalando que el gran principio que ha de regir la administración en general es la justicia para con los necesitados.

En fin, la mayordomía es administrar con justicia y se aplica tanto a lo económico como a lo ecológico y al tiempo, a nuestros dones y a todo lo que esté bajo nuestro control, sabiendo que todo aquello pertenece realmente al Señor, que al final nos pedirá cuentas.[1]

Habiendo presentado el concepto de mayordomía, vuelvo al fin a aquella preciosa parábola, que dije que me gustaba tanto:
Porque el reino de los cielos es semejante a un hombre, padre de familia, que salió por la mañana a contratar obreros para su viña. Y habiendo convenido con los obreros en un denario al día, los envió a su viña. Saliendo cerca de la hora tercera del día, vio a otros que estaban en la plaza desocupados; y les dijo: Id también vosotros a mi viña, y os daré lo que sea justo. Y ellos fueron. Salió otra vez cerca de las horas sexta y novena, e hizo lo mismo. Y saliendo cerca de la hora undécima, halló a otros que estaban desocupados; y les dijo: ¿Por qué estáis aquí todo el día desocupados? Le dijeron: Porque nadie nos ha contratado. El les dijo: Id también vosotros a la viña, y recibiréis lo que sea justo. Cuando llegó la noche, el señor de la viña dijo a su mayordomo: Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando desde los postreros hasta los primeros. Y al venir los que habían ido cerca de la hora undécima, recibieron cada uno un denario. Al venir también los primeros, pensaron que habían de recibir más; pero también ellos recibieron cada uno un denario. Y al recibirlo, murmuraban contra el padre de familia, diciendo: Estos postreros han trabajado una sola hora, y los has hecho iguales a nosotros, que hemos soportado la carga y el calor del día. Él, respondiendo, dijo a uno de ellos: Amigo, no te hago agravio; ¿no conviniste conmigo en un denario? Toma lo que es tuyo, y vete; pero quiero dar a este postrero, como a ti. ¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío? ¿O tienes tú envidia, porque yo soy bueno? Así, los primeros serán postreros, y los postreros, primeros; porque muchos son llamados, mas pocos escogidos.
(Mt.20:1–16)
El Reino de los Cielos no se rige como nuestros reinos, y el Evangelio siempre trastoca nuestras expectativas. En esta parábola se destaca nuevamente el señorío de El Señor, pero se destaca principalmente su justicia. Hemos de tener claro que la dádiva de Dios es gracia suya, y nos la regala sin ningún mérito nuestro. Así como en la vida de los primeros cristianos (Hch.2:45,4:35), vemos una justicia que no se basa en el mérito, sino que en la necesidad. Nuestra necesidad existencial es la comunión con nuestro Padre y nuestros hermanos, y recibimos su Santo Espíritu de vida. Al vivir conforme a aquel Espíritu, obrando bien, no debemos sentir que merecemos algo más, sino que hemos de decir: "lo que debíamos hacer, hicimos" (Lc.17:7-10). Por otra parte, el patrón va constantemente a buscar más y más obreros, preocupado de que no estén desocupados y sin sustento, pues en su viña hay más lugar. Recordamos igual cuando Jesús dijo a sus discípulos: "a la verdad la mies es mucha, mas los obreros pocos. Rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies" (Mt.9:37-38; Lc.10:2; Jn.4:35-38).

Así, cuando el Señor se dirija a nosotros, cuando escuchemos su Palabra, respondamos con júbilo: ¡Anhelo trabajar por el Señor... y el que quiera trabajar, hallará también lugar, en la viña del Señor!



[1] Otros pasajes relacionados a la mayordomía: Lc.12:13-48, Lc.16; 1Cor.4:2; Pr.3:9; 2Cor.8:1-8

13° La Iglesia: campo, trigo y viña del Señor

Volverán y se sentarán bajo su sombra; serán vivificados como trigo, y florecerán como la vid; su olor será como de vino del Líbano.
(Oseas 14:7)
Así como la ganadería, la agricultura también era un pilar fundamental de la economía y cultura del Israel bíblico. Se usan términos de la agricultura para explicar muchas cosas, entre ellas la Iglesia. Sin embargo, las referencias a la Iglesia en términos agrícolas son mucho menos coherentes y muchas más que las referencias en términos ganaderos que, como vimos en la entrada anterior, calzan todas con la profecía en Ezequiel 34. Los término agrícolas se usan, más que para hablar de la Iglesia misma, para profecías y parábolas relacionadas a la segunda venida de Cristo y al Reino de los Cielos, que suelen estar fuertemente ligadas al calendario luni-solar de los hebreos, marcado por las fiestas agrícolas. Por todas estas cosas es que no podré abarcar el tema en su totalidad, intentado señalar resumidamente la mayor cantidad de ilustraciones, rescatando lo esencial en el espíritu de esta serie.

Las 7 fiestas anuales (Dt.16:1-17; Ex.23:14-17, 34:18-24; Lev.23; Nm.28:16-29:40) se separaban en dos épocas:
  • época de siega: fiesta de Pascua, Panes sin levadura, Gavilla mecida de las primicias y Pentecostés
  • época de cosecha: fiestas de Trompetas, Día del perdón y fiesta de los Tabernáculos.
Ya sabemos que las fiestas de la siega calzan con los eventos de la muerte y resurrección de Cristo, y con la promesa del Espíritu Santo. Sucesos del libro de Apocalipsis y de varios profetas del Antiguo Testamento se estructuran en relación a este ciclo, haciendo eco con varios pasajes de los evangelios. Por ejemplo, cuando se habla de “gran tribulación”, se entendía como “gran trilla”. Trillar no es otra cosa sino triturar en el suelo las gavillas del trigo o cebada para separar el grano de la paja, y en latín se decía tribulare, palabra de la cual proviene “tribulación”. Hoy todos estos pasajes nos son complejos, pero habrá sido muy simple para la gente humilde y de campo a la cual se dirigían (Lc.12:56, 21:29-30; Mt.16:2-3; Stgo.5:7), quienes dependían de la tierra y del clima, viviendo aquella profunda conexión con la creación (Gen.2:7). Me gustaría aprender más acerca de aquella cultura agrícola hebrea, para entender más aquellos pasajes.

Todavía haciendo referencia a las fiestas agrícolas, se dice que luego de Pascua y la muerte de Cristo, su resurrección coincide con la gavilla de primicias (primer cereal que se segaba, generalmente cebada y después venía el trigo), lo que hace alusión a su primogenitura y que nosotros también resucitaremos. Se habla igual del Espíritu Santo como primicias de lo que ha de venir y que hemos de ser primicias de la creación (1Cor.15:20-23; Rom.8:22-23,11:16; Stgo.1:18).

Por lo general, en casi todas estas ilustraciones, se relaciona a la Iglesia con el campo de trigo. Eso se ve con claridad en la parábola del trigo y la cizaña (Mt.13.24-30,36-43). Dios planta el trigo (sus hijos), pero entremedio aparece la cizaña, la hierba mala, “y los siervos le dijeron: ¿Quieres, pues, que vayamos y la arranquemos? Él les dijo: No, no sea que al arrancar la cizaña, arranquéis también con ella el trigo. Dejad crecer juntamente lo uno y lo otro hasta la siega; y al tiempo de la siega yo diré a los segadores: Recoged primero la cizaña, y atadla en manojos para quemarla; pero recoged el trigo en mi granero”. Aquí vemos que en el mundo convivimos crédulos e incrédulos, pero que será el Padre que en su tiempo juzgue. Así mismo, esta parábola da pie a la idea luterana (herencia agustiniana) del corpus permixtum, en que la comunidad cristiana, la iglesia visible, tienen tanto cristianos verdaderos como aparentes. Pero no hemos de distinguir nosotros ni hemos de juzgar, sino que hemos de ser pacientes (Stgo.5:7) y entregados con todos, para que seamos como nuestro Padre “que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos” (Mt.5:45).

Respecto al trigo, también recordamos que Jesús dice a sus discípulos: “De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto” (Jn.12:24-25; Mt.16:24-25; Lc.14:26-27). Y de forma similar habla la parábola del sembrador (Mt.13:1-9, 18-23; Mr.4.1-9,13-20; Lc.8.4-8,11-15), según la cual hemos de escuchar efectivamente la Palabra, ser fieles a ella en la dificultad y renunciar a la vida que ofrece este mundo, para que demos fruto. El Evangelio nos exige conversión y buenas obras, frutos que ayuden a esparcir su Palabra (Mt.7:15-20; Lc.6:43-44) (Lc.13:6-9) (Mt.21:19; Mc.11:13-14) (Ti.3:14) y dice que “cosecharemos lo que sembramos” (Prov.20:4, 22:8; Os.10:12; Gal.6:7; 2Cor.9:6-7), pero tengamos claro que el crecimiento y el fruto son obra del Señor (Mc.4:26-29; 1Cor.3:6-9; 2Cor.9:8-15) y que nosotros somos como tierra seca sedienta de su Palabra (Is.44:3-4, 55:10-11; Sal.63:1, 143:6). Tanto la parábola del sembrador, como la del trigo y la cizaña, se encuentran en Mateo 13, capítulo en el que Jesucristo predica el Reino de Dios a través de estas y más parábolas, como la parábola de la semilla de mostaza (Mt.13:31-32; Mr.4.30-32; Lc.13.18-19), la parábola de la levadura (Mt.13:33; Lc.13:20-21), la parábola del tesoro escondido en el campo (Mt.13:44) y otras que ya se escapan del tema, aunque siguen apegadas a los oficios comunes de la gente y a entregarse por completo al Evangelio.

Profundizando todavía en los frutos que hemos de dar, comparto las siguientes palabras:
Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador. Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará; y todo aquel que lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto. […] Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer. […] En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos. Como el Padre me ha amado, así también yo os he amado; permaneced en mi amor […] Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros, como yo os he amado.
Este pasaje se engloba en el discurso final de Jesucristo en el evangelio según Juan, junto al cual también celebra su Última Cena y habla sobre el discipulado (entrada 8°). Esta ilustración es símil a las que hemos visto en las últimas 2 entradas, en que el cuerpo ha de estar unido a su cabeza y el rebaño guiado por su pastor… acá las ramas o pámpanos solo han de dar fruto si están unidos a la vid: Jesucristo.

La imagen de la vid verdadera da un sentido distinto a varias imágenes ya usadas en otros pasajes. Habla de una vid, siendo que se suele hablar de viña. Dice que el Padre es el labrador, aunque en más de una parábola el Señor de la viña tiene labradores, entendiéndose muchas veces que los que trabajan en la Iglesia somos los obreros de su viña (Mt.20:1–16) o de su campo de trigo (Mt.9:37-38; Lc.10:2; Jn.4:35-38). También se usan estos conceptos para referirse a cómo la nación hebrea rechazó los preceptos de Dios y a Cristo, dejando Dios de cuidar su viña (Is.5:1-7) y quitando la viña a los labradores malvados para dársela a otros (Mc.12:1-12; Lc.20:9-19). Siguiendo con este tema, en Juan 4:35-38 dice Jesús en Samaria (que no era considerado parte de Israel) que “os he enviado a segar lo que vosotros no labrasteis; otros labraron, y vosotros habéis entrado en sus labores” (v.38) “para que el que siembra goce juntamente con el que siega” (v.36), pudiéndose entender que habla de cómo hemos sido injertados en la descendencia de Abraham (Rom.11:11-24) (entrada 6°). En aquel pasaje de Romanos, Pablo aporta más ideas a la imagen de la vid verdadera, aunque por el contexto cultural habla de un olivo en vez de una vid. Agrega que “si la raíz es santa, también lo son las ramas” (v.16) y que “no te jactes contra las ramas; y si te jactas, sabe que no sustentas tú a la raíz, sino la raíz a ti” (v.18).


¡Oh Señor! ¡Ayúdanos a entender con cuánta riqueza nos hablas en la Biblia, y la conexión especial que tenemos con la naturaleza! ¡Ayúdanos a comprender la multitud de consejos en tus Escrituras, y a no caer en falsas interpretaciones! ¡Ayúdanos a esperar con paciencia tu segunda venida, dando fruto y entregándonos al mundo entero! ¡Ayúdanos a mantenernos unidos a ti, nuestra única vid verdadera! Amén.