miércoles, 23 de julio de 2014

12° La Iglesia: rebaño de Dios

El Señor es mi pastor; nada me faltará.

En lugares de delicados pastos me hará descansar;
Junto a aguas de reposo me pastoreará.

Confortará mi alma;
Me guiará por sendas de justicia por amor de su nombre.

Aunque ande en valle de sombra de muerte,
No temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo;
Tu vara y tu cayado me infundirán aliento.

Aderezas mesa delante de mí en presencia de mis angustiadores;
Unges mi cabeza con aceite; mi copa está rebosando.

Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida,
en la casa de Jehová moraré por largos días.
(Salmo 23)
En toda la historia bíblica, la ganadería fue un pilar fundamental y característico del pueblo hebreo y de su economía. La imagen del pastor y de las ovejas es usada en la Biblia para referirse a muchas cosas, y entre ellas a la Iglesia. Podemos ver cómo el salmo 23 y otros (Sal.28:9; 67:4; 74:1; 77:20; 78:52,70,72; 79:13; 80:1; 95:7; 100:3; 107:41; 136:16) expresan de forma tan bella la idea de que El Señor es nuestro pastor, confiando plenamente en Él.

Jesucristo retoma esta imagen en dos de sus parábolas, una de ellas es la del redil:
"De cierto, de cierto os digo: El que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que sube por otra parte, ése es ladrón y salteador. Mas el que entra por la puerta, el pastor de las ovejas es. A éste abre el portero, y las ovejas oyen su voz; y a sus ovejas llama por nombre, y las saca. Y cuando ha sacado fuera todas las propias, va delante de ellas; y las ovejas le siguen, porque conocen su voz. Mas al extraño no seguirán, sino huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños. Esta alegoría les dijo Jesús; pero ellos no entendieron qué era lo que les decía.

Volvió, pues, Jesús a decirles: De cierto, de cierto os digo: Yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que antes de mí vinieron, ladrones son y salteadores; pero no los oyeron las ovejas. Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo; y entrará, y saldrá, y hallará pastos. El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia. Yo soy el buen pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas. Mas el asalariado, y que no es el pastor, de quien no son propias las ovejas, ve venir al lobo y deja las ovejas y huye, y el lobo arrebata las ovejas y las dispersa. Así que el asalariado huye, porque es asalariado, y no le importan las ovejas. Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas, y las mías me conocen, así como el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; y pongo mi vida por las ovejas. También tengo otras ovejas que no son de este redil; aquéllas también debo traer, y oirán mi voz; y habrá un rebaño, y un pastor."
(Jn.10:1-16)
Las palabras de Jesús son realmente significativas, pues al decir que Él es el Buen Pastor y al criticar a quienes han tomado abusivamente aquel papel, se muestra como cumplimiento de la profecía de Ezequiel 34. Efectivamente, El Señor se compadece al vernos dispersos, como si no tuviéramos pastor (Mt.9:36; Mr.6:34; Ez.34:5; Num 27:17), por lo que será Él quien nos apacentará (Is.40:11,63:11-14; Miq.5:4,7:14; Ap.7:17; 1Pe.2:25; Heb.13:20), y dice en la profecía:
"He aquí, yo estoy contra los pastores; y demandaré mis ovejas de su mano, y les haré dejar de apacentar las ovejas; ni los pastores se apacentarán más a sí mismos, pues yo libraré mis ovejas de sus bocas, y no les serán más por comida. Porque así ha dicho El Señor: He aquí yo, yo mismo iré a buscar mis ovejas, y las reconoceré. Como reconoce su rebaño el pastor el día que está en medio de sus ovejas esparcidas, así reconoceré mis ovejas, y las libraré de todos los lugares en que fueron esparcidas el día del nublado y de la oscuridad. [...] Yo apacentaré mis ovejas.[...] Yo buscaré la perdida, y haré volver al redil la descarriada; vendaré la perniquebrada, y fortaleceré la débil [...] Y sabrán que yo El Señor su Dios estoy con ellos, y ellos son mi pueblo [...] Y vosotras, ovejas mías, ovejas de mi pasto, personas sois, y yo vuestro Dios, dice El Señor."
(Ez.34:10-12,15,16,30,31)
La profecía también es parafraseada por la parábola de la oveja perdida (Lc.15:1-7; Mt.18:10-14): "¿Qué hombre de vosotros, teniendo cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va tras la que se perdió, hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros gozoso; y al llegar a casa, reúne a sus amigos y vecinos, diciéndoles: Gozaos conmigo, porque he encontrado mi oveja que se había perdido". Lucas pone esta parábola junto a la de la moneda perdida (Lc.15:8-10) y a la del hijo pródigo (Lc.15:11-32). Como ya he repetido, el pecado nos ha alejado de nuestro Padre, pero Él se acerca a nosotros para que nos encontremos nuevamente y para recibirnos con fiesta. Fiesta que apunta al Reino de los Cielos, esperanza de su grey (Lc.12:32). Y como hablar del Reino es también hablar de su justicia, no puedo dejar de lado las palabras de Mt.25:31-46:
"Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles con él, entonces se sentará en su trono de gloria, y serán reunidas delante de él todas las naciones; y apartará los unos de los otros, como aparta el pastor las ovejas de los cabritos. Y pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda. Entonces el Rey dirá a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí[...] De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis."
Cristo aboga por los débiles, oprimidos y abandonados, haciendo nuevamente eco con la profecía de Ezequiel, donde también dice: "He aquí yo juzgo entre oveja y oveja, entre carneros y machos cabríos. ¿Os es poco que comáis los buenos pastos, sino que también holláis con vuestros pies lo que de vuestros pastos queda; y que bebiendo las aguas claras, enturbiáis además con vuestros pies las que quedan? Y mis ovejas comen lo hollado de vuestros pies, y beben lo que con vuestros pies habéis enturbiado. Por tanto, así les dice Jehová el Señor: He aquí yo, yo juzgaré entre la oveja engordada y la oveja flaca, por cuanto empujasteis con el costado y con el hombro, y acorneasteis con vuestros cuernos a todas las débiles, hasta que las echasteis y las dispersasteis. Yo salvaré a mis ovejas, y nunca más serán para rapiña; y juzgaré entre oveja y oveja" (Ez.34:17-22).

Al reconocernos como ovejas de Dios, también reconocemos el celo que tiene Él al cuidarnos. Y sabemos que su juicio es a favor nuestro, pues le pertenecemos gracias a su obra (1Cor.6:20; 1Pe.1:18-19). Y si Él ha venido a rescatarnos, debemos reconocerle y agradecerle siendo ovejas mansas y obedientes, que damos nuestra lana, nuestra leche y nuestra vida por el Buen Pastor y por el resto de sus ovejitas, así como Él se entrega por nosotros. Al reconocernos como un rebaño, reconocemos nuestra debilidad y cuántos peligros nos rodean, de ser mezquinas unas con otras, abusadas por machos cabríos y asechadas por lobos (Lc.10:3; Hch.20:29; Mt.7:15; Jn.10:12; Jer.13:17,20). En esto mismo, existe la tensión de tener pastores entre nosotros, cuando nuestro único pastor es Cristo. ¿Qué significa esto? Ciertamente, todos pertenecemos al único Buen Pastor, pero también es cierto que Él ha llamado ministros que pastoreen sus ovejas (Hch.20:28; 1.Pe.5:2; Jn.21:15-17). Vocación sacrificada que merece autoridad y derechos que muchas veces nos son correspondidos (1Cor.9:3-14; 1Tim.5.17-18; Hch 18:2-3; 20:34; 1Cor.4:12; 2 Cor.11:7; Mt.10:10; Lc.10:7)... pero recordemos que las ovejas pertenecen solo al Buen Pastor y ¡ay! de los pastores que se apacientan a sí mismos (Zac.11:17; Jer.23:1-4; Ez.34:2,3,23).

Como manada, entreguémonos al Buen Pastor y cuidémonos los unos a los otros. Y así como el cuerpo de Cristo es plenitud de Cristo, y Cristo es plenitud del Padre, escuchamos también: "conozco mis ovejas, y las mías me conocen, así como el Padre me conoce, y yo conozco al Padre"... y así como la cabeza del cuerpo es una, y el cuerpo es uno, escuchamos también: "oirán mi voz; y habrá un rebaño, y un pastor". Que estas palabras nos den esperanza y certeza, de que Dios escuchó la oración de su Hijo antes de morir: "que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste." (Jn.17:21). ¡Amén!

martes, 22 de julio de 2014

11° La Iglesia: Cuerpo de Cristo


En la entrada anterior ya hablamos de la Santa Cena en relación a la Pascua, y en esta hablaremos de la Santa Cena en su sentido sacramental, o sea que hace presente tangiblemente a Cristo, siendo verdadero cuerpo y verdadera sangre del salvador. A partir de lo anterior, también presentaré a la Iglesia como cuerpo de Cristo, concepción que -me parece- expone de forma más integral la comunidad de creyentes. Por lo mismo es un concepto que, inevitablemente, ya he usado en entradas anteriores.

El énfasis en la presencia real se basa, primeramente, en las mismas palabras de Cristo al instaurar su Cena: "Esto es mi cuerpo... Esto es mi sangre" (Mt.26:26-28; Mc.14:22-24; Lc.22:19-20; 1Cor.11:24-25). Con esto recordamos que Cristo es nuestra cena de Pascua y que se entregó por nosotros, pero también que él dice: "Yo soy el pan que da vida. El que viene a mí, nunca tendrá hambre; y el que cree en mí, nunca tendrá sed [...] si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne" (Jn.6:25-59). Siguiendo en ese pasaje, Jesús relaciona el milagro del pan hecho carne con el pan que caía del cielo en el desierto, el maná que alimentó a los judíos al salir de Egipto, con el que "ni le sobró al que había recogido mucho, ni le faltó al que había recogido poco" (Ex.16:11-18). Y esto también lo relaciona al milagro de la encarnación: “Porque el pan de Dios es aquel que descendió del cielo y da vida al mundo” (Jn.6:33). Si creemos que Dios se pudo encarnar en el niño Jesús... ¿por qué no podemos creer que se encarna en su Santa Cena? Así recordamos que para Dios su creación es buena (Gen.1:31), y que por lo mismo también resucitó con su cuerpo (Lc.24:36-43). Lo que Dios nos da en su creación son cosas de valor, así como también valora nuestro cuerpo y todas nuestras particularidades. "Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. Quien come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí, y yo en él"(Jn.6.55-56). Al reconocer a Cristo en el pan y en el vino, al comer de Él, somos parte de una comunión especial con Él. Y para Él nadie es indigno, sino que solo debemos reconocerle (1Cor.11:29). Pablo relaciona reconocerle en el pan no solo con una comunión con Él, sino que especialmente con una comunión con los hermanos. Pablo reprocha a la comunidad de Corinto por hacer distinciones entre ellos, abusando de la Santa Cena: "Porque al comer, cada uno se adelanta a tomar su propia cena; y uno tiene hambre, y otro se embriaga" (1Cor.11:21)... "Así que, hermanos míos, cuando os reunís a comer, esperaos unos a otros" (1Cor.11:33). Así pues, la Santa Cena es también un llamado a examinarnos y a permitir que el Espíritu nos convierta. Siguiendo con el tema de la comunión, Pablo utiliza justamente este sacramento para referirse a la Iglesia como un cuerpo:
"La copa de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo? Siendo uno solo el pan, nosotros, con ser muchos, somos un cuerpo; pues todos participamos de aquel mismo pan." (1Cor.10:16-17)
Pablo habla a los corintios de la Santa Cena en el capítulo 10 y en 1Cor.11:17-34 como base para hablar de la Iglesia como cuerpo de Cristo, y como cuerpo destacar la diversidad de dones y ministerios (1Cor.12) y entre estos destacar la preeminencia del amor (1Cor.13), exponiendo el mismo tema de forma similar en Rom.12. En estos pasajes se destaca la gran diversidad que tiene la comunidad de creyentes, y como todos han de ser unidos por un mismo Espíritu, por un mismo Señor, quien es el que obra realmente en nosotros. Se insiste en que "de la manera que en un cuerpo tenemos muchos miembros, pero no todos los miembros tienen la misma función, siendo muchos, somos un cuerpo en Cristo, y todos miembros los unos de los otros" (Rom.12:4-5) (Ef.4:25) y así mismo que "el cuerpo no es un solo miembro, sino muchos. Si dijere el pie: Porque no soy mano, no soy del cuerpo, ¿por eso no será del cuerpo? Y si dijere la oreja: Porque no soy ojo, no soy del cuerpo, ¿por eso no será del cuerpo? Si todo el cuerpo fuese ojo, ¿dónde estaría el oído? Si todo fuese oído, ¿dónde estaría el olfato?" (1Cor.12:14-17). Efectivamente, no podemos ser indiferentes ni hacer distinciones entre nosotros, "sino que los miembros todos se preocupen los unos por los otros. De manera que si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él, y si un miembro recibe honra, todos los miembros con él se gozan" (1Cor.12:25-26). Así, la solidaridad ha de ser inherente a la Iglesia y así mismo ha de ser transmitido con la Santa Cena, especialmente si vemos la práctica de los primeros cristianos en Hechos 2:42. En el culto de los primeros cristianos, y como parte de la Cena del Señor, tenían una comida comunitaria, fraccionando el pan para que todos sus miembros tuvieran que comer y para que lo hagan en comunión. En aquél entonces, comer con alguien era un gesto de mucha intimidad. Los discípulos de Cristo comían juntos siendo de distintas edades, distintas etnias, distinto sexo, distintas clases económicas y de distinta reputación... cosa que era un gesto muy fuerte para el mundo en que vivían (y que hoy también lo sería, ¿no?). Así replicaban a nuestro maestro, que también compartía la mesa con muchos sin discriminar a los que eran considerados pecadores e impuros por la sociedad, sino que privilegiándolos, tal como se puede apreciar al llamar a Leví (Mateo) (Mt.9:9-13; Mr. 2.13-17; Lc. 5.27-32), al hospedarse donde Zaqueo (Lc.19:1-10), al multiplicar los panes (Mt.14:13-21, 15.32-39; Mr.6:30-44, 8:1-9; Lc.9:10-17; Jn.6:1-15), al comer con los fariseos (Lc.7:36-47, 11:37-54), etc. La mesa compartida es esencial para Cristo, tal como lo hace ver luego de resucitar (Lc.24:13-49).

¿Cómo puede ser, entonces, que la Santa Cena sea para algunos causa de división? Entiéndase que si bien insisto en la presencia real de Cristo a través de su cuerpo y su sangre, me parece irrelevante cómo se entienda esta presencia. Si acaso la presencia es solo simbólica, espiritual o también material, o si ocurre transubstanciación, metamorfosis o consubstanciación... me parece un conflicto metafísico y filosófico sin importancia y sin base bíblica. Pues la Biblia es clara al mostrar la Eucaristía como elemento unificador del cuerpo de Cristo, a través de la cual hacemos referencia a la cena pascual y proclamamos un mismo Evangelio, y a través de la cual sentimos palpablemente la comunión con Cristo y con todos los creyentes en el mundo. Si la hacemos causa de división, es simplemente porque a veces el poder nos hace olvidar que un cuerpo tiene solo una cabeza, y nuestra única cabeza es Jesucristo. Porque Dios "lo dio por cabeza sobre todas las cosas de la Iglesia, la cual es Su cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo" (Ef.1:22-23) y "porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad, y vosotros estáis completos en él, que es la cabeza de todo principado y potestad"(Col.2:9-10). Entonces, decir que el pan es verdadero cuerpo de Cristo, solo tiene sentido sacramental si hace visible al sacramento por excelencia: La Iglesia como Cuerpo de Cristo. Pues así como en Cristo habita corporalmente la plenitud de la Deidad, la Iglesia es plenitud de Cristo por su gracia. Como ya hemos dicho, en la experiencia comunitaria centrada en la Palabra de Dios y en la confesión de la Buena Nueva, Cristo se hace palpable y especialmente presente (Mt.18:20). Así pues, tengamos claro que si la cabeza es una sola, el cuerpo también es uno solo (Ef.2:16,4:1-16; Col1:18,24;2:19;3:15; Ef.3:6). He aquí lo fuerte que es el reproche de Pablo a los partidistas, al decirles: "¿Acaso está dividido Cristo?" (1Cor.1:10-17).

Así pues, Cristo se identifica con nosotros, haciéndose débil como nosotros y muriendo por nosotros, y nosotros hemos de identificarnos con Él en nuestra debilidad y entrega mutua, cumpliendo en nuestra "carne lo que falta de las aflicciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia" (Col.1:24). Al recordar su entrega recordemos también que, así como el Padre lo envió a Él, Cristo nos envía a nosotros, sabiendo que como cuerpo de Cristo hemos de entregarnos por el mundo entero. "Hagan esto en memoria de mi".

¡Ven, Señor Jesús, en tu Santa Cena, para que podamos celebrar nuestra Pascua! ¡Ven, Señor Jesús, para que podamos celebrar y agradecerte por la liberación que nos regalas, reconociendo que estamos esclavizados por el pecado! ¡Ven, Señor Jesús, para que podamos proclamar tu cruz y resurrección, tu Buena Nueva! ¡Ven, Señor Jesús, para que podamos recibir tu fuerza, que nos ayuda a esperarte en tu segunda venida, en la que comeremos junto a ti el gran banquete de tu reino celestial! ¡Ven, Señor Jesús, y restaura a tu pueblo y a toda tu creación!  ¡Ven, Señor Jesús, para que sintamos hoy tu presencia en la tierra y la comunión que nos regalas contigo y con el otro! ¡Ven, Señor Jesús, para que nos conviertas en miembros de tu cuerpo y nos sintamos enviados por la misión que nos das! ¡Ven, Señor Jesús, para que veamos que efectivamente somos sacramento tuyo, comunidad de creyentes en la que te haces palpable, que somos tu cuerpo, santificados en tu sangre! ¡Partámonos y entreguémonos los unos por los otros y por el mundo entero! Amén.

lunes, 14 de julio de 2014

10° La Iglesia y la Pascua


Esta y la siguiente entrada son las centrales de esta serie en torno a La Iglesia. En ésta me expresaré sobre la fiesta central de la Iglesia, que es la Pascua. ¡De ninguna forma me refiero a la Navidad (no entiendo de dónde en Chile se le suele decir pascua a la navidad), sino que hablo de la Pascua de Resurrección! En el calendario litúrgico tradicional se le da un espacio a este tema en la Semana Santa, luego del tiempo de Cuaresma. Sin embargo, más que en la Semana Santa, la celebración de la Pascua toma mayor propiedad en la Cena del Señor, Santa Cena o Eucaristía. Como he enfatizado, es la Biblia la fuente y norma de la vida eclesial, por lo que no le doy mayor importancia a cosas agregadas posteriormente a la tradición cristiana, como el calendario litúrgico, los huevos o conejos. Aquí quiero, de forma resumida, abarcar la Pascua a partir de la fiesta judía y luego en relación a la Santa Cena. También seguiré tratando la Cena en la entrada siguiente.

La palabra Pascua quiere decir "pasar por alto", "pasar de largo", "perdonar". La palabra Pascua en español, proviene del latín pascŭa, que a su vez proviene del griego πάσχα (pasja), originalmente del hebreo: Pesaj פֶּסַח. En la entrada 5° ya hice una mención a la Pascua, como la liberación del pueblo de Israel de la esclavitud en Egipto (Éxodo 12-14). En la noche de Pascua, antes que Israel saliera junto a Moisés por el Mar Rojo, la muerte tocaría a todos los primogénitos de Egipto. Para librarse de esta muerte, cada casa judía debía celebrar su cena de Pascua, con verduras amargas, panes sin levadura y sacrificando un cordero, cuya sangre había que poner en el marco de la puerta. "Y la sangre os será por señal en las casas donde vosotros estéis; y veré la sangre y pasaré de vosotros, y no habrá en vosotros plaga de mortandad cuando hiera la tierra de Egipto" (Ex.12:13).

La Pascua debe ser confesada y transmitida, y así nos conectamos para siempre con los eventos del éxodo. Al rememorar la Pascua, revivimos el pasado y nos sentimos como si cada uno de nosotros hubiera salido de Egipto, de la esclavitud a la libertad. Recordar el éxodo es pilar de la religiosidad judía, y se establece la fiesta de Pascua como una fiesta anual (Ex.13:1-16, 34:18-26, 23:14-19; Dt.16:1-17). Cuando partimos la palabra Pesaj en dos obtenemos la frase Pe – Saj. Pe significa boca y Saj significa dice. En otras palabras, "una boca que dice". En Éx. 13:8 Dios ordenó a los hijos de Israel: "Y lo contarás en aquel día a tu hijo, diciendo: Se hace esto con motivo de lo que El Señor hizo conmigo cuando me sacó de Egipto". Por todo esto, no es coincidencia que la cruz de Jesucristo se sitúe justamente en el marco de la Pascua.

La misma noche en que Cristo es entregado, celebra la cena de Pascua junto a sus discípulos y tiene con ellos su Última Cena (Mt.26:17-29; Mr.14:12-25; Lc.22:7-38). Aunque según Juan (Jn.13-17), la Última Cena es "antes de la fiesta de la pascua" (v.13:1), lo que diría es un arreglo narrativo para señalar que la fiesta de Pascua para nosotros sería la misma cruz de Cristo. Ya habíamos dicho que Cristo es nuestra Pascua (1Cor.5:7-8, Jn.1:29,36; Heb.9:12,10:12; Ap.7:14), Él es el cordero cuya sangre es señal para el Padre, que nos perdonará y hará pasar la muerte de nosotros, que nos hará pasar de la muerte a la vida. A través de su cruz y resurrección, a través de la fe en aquella entrega que encarna el amor de Dios, recibimos el Espíritu que nos da la vida y el ser hijos de Dios, liberados de la esclavitud. En la Última Cena, al instaurar la Cena del Señor, Cristo relaciona su propia muerte con la del cordero pascual. "Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado... Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama..." (Lc.22:19,18), hemos de tener claro que somos nosotros culpables de su muerte, y aún así muere a nuestro favor. Cristo instaura esta Cena en memoria de él y con el mismo sentido que la Pascua. Hemos de rememorarle con esta cena que expresa integralmente su Buena Nueva. Cada vez que comemos de su cuerpo y bebemos de su copa anunciamos su muerte, reconociendo nuestro pecado y la resurrección de Cristo, hasta que Él vuelva (1Co.11.23-26). Vivimos de la esperanza en el Reino de los Cielos, y que en él podremos gozar plenamente del banquete que nuestro Padre nos tiene, y a esto lo llamamos la segunda venida de Cristo, en la que juzgará los reinos de este mundo e instaurará el Reino de Dios. Así, la Cena del Señor también hace referencia a aquél banquete celestial (Mt.26:29; Mr.14:25; Lc.22:16,18) (Is.25:6-9), al que invita especialmente a todos los oprimidos por el poder de este mundo (Lc.14:7-24) y a todos los pecadores que tenemos hambre y sed de Él (Jn.7:37). Así como Él dio gracias (Lc.22:17,19), esta Cena también la hacemos como una acción de gracias al Señor, pues la liberación y banquete es una obra realizada completamente por Él y nosotros la hemos de aceptar con las manos vacías. En este sentido, el ver la Santa Cena como un sacrificio ofrecido por nosotros es contraproducente, pues el único sacrificio fue hecho por Cristo de una vez por todas en la cruz y no podemos sugerir siquiera que hemos de repetir tal asesinato, menos como una ofrenda u obra de nuestra parte.

Al decir "hagan esto en memoria de mi", no se refiere solo al ritual, sino que también nos entreguemos al mundo como Él se entregó, y así lo podremos recordar con nuestra propia experiencia de ser Iglesia enviada al otro. La entrega de Cristo, su muerte y resurrección, son la pasión de Cristo. Como tal, son la llama de nuestra fe y en torno a lo cual hemos de girar como Iglesia (Mt.27:45-28:10; Mr.15-16:8; Lc.23-24:12; Jn.19-20:10). La pasión de Cristo es el corazón de nuestro Evangelio y en ella lo vemos claramente encarnado como Palabra de Dios, como Hijo de Dios y como Salvador nuestro. Y así, viendo la Santa Cena como anuncio de tal pasión y como Palabra palpable, es la celebración central de la comunidad de creyentes. Una Iglesia centrada en la Cena del Señor, rescatando la riqueza de su significado, es una Iglesia centrada en el Evangelio.


¡Señor nuestro, ayúdanos a ver la Pascua como el centro de nuestro existir! ¡Ayúdanos a verte como un Padre que socorre y libera al oprimido, al esclavizado! ¡Que acudamos con urgencia a tu Cordero, para que nos marque con su sangre, con su Espíritu, y que como los panes de Pascua no traigamos con nosotros la levadura del mal! ¡Que recordemos y anunciemos tu entrega, y que con tu Santa Cena podamos gozar ya de aquél banquete que tendremos juntos en tu Reino! ¡Que junto a tu Santa Cena escuchemos también tu mandamiento nuevo, tu envío, y tu llamado a seguirte y a vivir confiados en tu amor y resurrección! Amén.

sábado, 5 de julio de 2014

9° La Iglesia: ministros y embajadores de Cristo



En esta entrada seguimos profundizando en el tema de la entrada anterior, en la que hablamos de la Iglesia como comisión de Cristo, personas elegidas por Él para llevar a cabo una tarea: la gran comisión o misión evangélica. Enviados para proclamarle y para vivir integralmente el seguimiento de Jesucristo. Vida que busca aprender de Jesús, servirle e imitarle, forma en la que vivimos junto a su presencia y le hacemos visible acá en la tierra. Mencionaba como toda y cada una de nuestras actividades, tanto religiosas como civiles, deben ser expresión de nuestro discipulado y del amor de Dios.

La proclamación del Evangelio, por el cual recibimos el Espíritu Santo y volvemos a Dios, también es llamado por Pablo como el ministerio de la reconciliación:
Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación. Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios. Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él.
(2Cor.5:11-16)
Así como un presidente tiene embajadores que hablan en su nombre, o elige ministros para que lleven a cabo tareas como parte del poder ejecutivo de un Estado, así la Iglesia es escogida de entre la humanidad para vivir y esparcir el Evangelio de Jesucristo, para ser parte del ministerio de la reconciliación. E insisto, con "Iglesia" me refiero a la comunidad que confiesa a Jesucristo, a todos los que han sido tocados por la Buena Nueva y el Espíritu de Cristo. No estoy diciendo que todos los cristianos deban ser pastores o curas. Efectivamente, hay diversidad de ministerios y dones (Ef.4:11-12; 1Cor.12:4-11; Fil.1:1). En la iglesia debemos ordenar personas en estos distintos ministerios, reconocer a aquellos que se han preparado y han sido llamados a una tarea en particular dentro de la Iglesia, debemos tener cierta organización. Pero no para que estas personas se apropien del ministerio, pues su tarea es "perfeccionar a los santos para la obra del ministerio" (Ef.4:12). Todos los creyentes, que tenemos al Espíritu Santo en nuestro corazón, somos responsables del ministerio de la Iglesia. Nadie, sea alguien ordenado en un ministerio o sea un laico, debe ponerse entre el creyente y Cristo, ni ningún laico debe poner en los ministros ordenados la completa responsabilidad del ministerio. Estos ministros deben guiar y apoyar a la Iglesia para que ésta, como comunidad de creyentes, lleve a cabo el ministerio en conjunto.

Muy relevante, tanto en ésta como en la entrada anterior, es que la tarea o envío proviene de una "llamada". Es Cristo el que nos llama a seguirle, a ser parte de la misión evangélica, del ministerio de la reconciliación, y dentro de éste a llevar a cabo una tarea en particular (2 Cor.3:5; Ef.3:7; Rom.1:1,5-6; 1 Cor.1:1,9,26; Hch.6:1-7). La palabra "llamada" y "vocación" son usadas de forma similar, y al revisar distintas traducciones parecen ser intercambiables. El ser parte de la Iglesia es una vocación, y como hijos de Dios, nuestro Padre nos puede llamar a una tarea dentro de la organización eclesial como fuera de ella. Nuestra vocación puede ser completamente cívica o mundana, pero en cada aspecto de nuestras vidas servimos al Señor y debemos ser reflejo de su amor, de aquella reconciliación que tenemos con Él y que ofrece a todas las personas. Repitiéndome, podemos tener una vocación específica, pero también somos responsables del ministerio en todas sus dimensiones, por lo que debemos apoyar a una comunidad, buscando en ella diversidad de dones y en la que también debemos vivir concretamente esa reconciliación basada en el Evangelio que estamos llamados a proclamar. Si debemos rogarle al mundo que se reconcilie con su Padre celestial, y no estamos reconciliados y unidos nosotros mismos como hermanos... ¿qué fuerza tendrá nuestro ruego? ¿qué credibilidad tendrá nuestra predicación?

¡Señor! ¡Ayúdanos a hacernos cargo de la tarea que nos has dado! ¡No dejes que nos quedemos sin escuchar a tu llamada! ¡Ayúdanos a ser reflejo tuyo y presencia tuya, a llevar a cabo el ministerio que dejaste a tu Iglesia y la vocación que diste a cada uno! ¡Encarna en nosotros tu mensaje de reconciliación y sustenta con tu poder el testimonio de tu pueblo! Amén.

viernes, 20 de junio de 2014

8° La Iglesia comisionada: discípulos de Jesucristo



Como ya se ha repetido en esta serie de entradas, es la proclamación del Evangelio la que hace a la Iglesia ser Iglesia, unida por la acción del Espíritu Santo. La persona que es tocada por el Evangelio se convierte a una nueva vida, la vida conforme al Espíritu de Cristo, Espíritu de esperanza en el Reino de los Cielos. Hemos hablado que este grupo de personas convertidas forman una comunidad, una familia de hermanos, un pueblo escogido... y acá hablaremos de la Iglesia como una comisión de discípulos.

El concepto de "comisión" al que me refiero es:
Conjunto de personas elegidas para realizar una labor determinada (The Free Dictionary)
Esto es que Jesús nos ha elegido, nos ha escogido para realizar una labor divina, nos ha encargado una misión. La gran comisión aparece en los cuatro evangelios (Mt.28:16-20; Mr.16.14-18; Lc.24.36-49; Jn.20.19-23), y ésta se presenta cuando Cristo resucitado se aparece a sus discípulos. Estos seguidores habían presenciado la muerte de su Maestro, se sentían solos y confundidos, pero cuando como comunidad se encuentran con su Señor, que derrotó a la muerte, vuelve la paz a ellos y son enviados. Así como el Padre celestial envío a su Hijo, así mismo el Hijo nos envía como testigos de su resurrección (Jn.17:18). Como ya mencionaba en la 3° entrada, se ha de esparcir sin restricción alguna esa Buena Noticia del arrepentimiento y perdón de los pecados, aquella conversión que lleva a la vida conforme al Espíritu de Dios. El evangelio según Mateo dice:
Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.
El entenderse como comisión de discípulos significa, primero, concebir a Cristo como Señor de todas las cosas, con toda autoridad sobre todo, tanto visible como invisible. Y esto implica ser sus servidores, regirse conforme a Su voluntad, la voluntad de nuestro Padre (Mt.7:21). Nuestro Señor nos manda "id, y haced discípulos[...]; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado", con el énfasis que tiene el evangelio de Mateo: Cristo es nuestro Maestro, nosotros sus discípulos, seguidores que aprenden de Él. Los once ya habían escuchado su llamada: "¡Sígueme!" (Mt.4:18-22; Mc.1:16-20; Lc.5:1-11; Mc.2:14; Mt.9:9-13; Lc.5:27-32; Jn.21:22). Ahora están enviados a que más y más escuchen ese "¡Sígueme!" y se hagan discípulos, haciéndose parte de esta comisión, haciendo propia esta misión evangélica que Cristo ha dado a los suyos. En la entrada anterior decía que, como hijos de Dios, hemos de obedecer la voluntad de nuestro Padre y que nos ha enviado a su primogénito para que le imitemos. Un buen ejemplo de sus enseñanzas son las múltiples parábolas que cuenta y explica a sus discípulos. En la Última Cena según San Juan, Cristo da su último gran sermón a sus amigos (Jn.13-17), en el que pone énfasis en imitarle y en cumplir sus mandamientos (Jn 13:14-15,34-35; 14:15,21; 15:10-17). Cristo dice: "Si me amáis, guardad mis mandamientos", y habla también de un mandamiento nuevo, el del amor mutuo, y que "en esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros". Para evangelizar y enseñar lo mandado por el Señor, es esencial vivir como Cristo nos manda vivir, y viviendo esa vida de amor podremos enseñar qué significa ser discípulos de Cristo.

Al hablar de mandamientos es imposible no pensar en la Ley de Moisés, presentada extensamente en el Pentateuco, de la cual se suelen rescatar principalmente los diez mandamientos (Ex.20:1-17; Dt.5:6-21). Y sabemos que como cristianos toda la Ley se resume en lo siguiente: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo" (Mt.22:34-40, Mr.12:28-34; Lc.10:27-28) (Dt.6:5; Lv.19:18), que también puede expresarse con la regla de oro: "y como queréis que hagan los hombres con vosotros, así también haced vosotros con ellos" (Mt.7:12; Lc.6:31). Israel tenía esta ley de Moisés, pero Jesús se muestra crítico ante una justicia corrupta: "Pues en vano me honran, enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres" (Mt.15:9). Aquellos escribas y maestros de la ley ya no enseñaban al pueblo la justicia de Dios (Mt.5:20), frente a lo cual se muestra a Jesús como el gran Maestro de la Ley, especialmente en Mateo, como un segundo Moisés, mayor que Moisés. Es Jesús de Nazaret quien tiene la verdadera autoridad para interpretar la ley, y lo hace profundamente en el sermón del monte (Mt.5-7; Lc.6:20-49). El luteranismo enseña que la función primordial de la Ley es mostrarnos categóricamente cuán incapaz es la humanidad de cumplir con los parámetros de Dios. Así se hace evidente el pecado humano y que debemos encomendarnos a la misericordia de nuestro Padre, a su Gracia inmerecida (Rom.5:20-21). Cristo es el único que cumple los parámetros de la Ley, en Él es completa la justicia, Él es la justicia y, como decía en la 6° entrada, nos hace libres del yugo de la ley. Pero cuidado que no nos hace libres para que la ignoremos ni para abolirla, nos la enseña para que nos guiemos por ella y la cumplamos (Rom.3:27-31). Como dice en Mt.5:17-19:
No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir[1]. Porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido. De manera que cualquiera que quebrante uno de estos mandamientos muy pequeños, y así enseñe a los hombres, muy pequeño será llamado en el reino de los cielos; mas cualquiera que los haga y los enseñe, éste será llamado grande en el reino de los cielos.
Cristo viene a dar la correcta interpretación de la Ley, y su justicia es la que nos hace ciudadanos del Reino de los Cielos. Hemos de cumplir los mandamientos como la ley de aquella patria celestial, en la que es Dios quien juzga, no nosotros. He ahí que cuando Moisés condena a muerte, no significa que tengamos derecho a ejecutar tal sentencia, pues le compete a nuestro Padre celestial, quien también sabe cómo vengarse de la muerte.

Replicando a Bonhoeffer en El Seguimiento, en el primer capítulo del sermón del monte Cristo habla de lo "extraordinario" de la vida cristiana, en el segundo habla de lo "oculto" de la vida cristiana y en el último se refiere a la "segregación" de su comunidad respecto al resto. En cuanto a lo extraordinario, Jesús habla de lo bienaventurados que somos en los sufrimientos, amando incluso a nuestros enemigos (Mt.5:43-48) y que somos sal y luz del mundo, logrando con nuestras obras que el mundo glorifique al Padre (Mt.5:13-16). ¿Cómo puede ser, entonces, que en el siguiente capítulo hable de ocultar nuestras obras? Lo relevante es que las obras de sus discípulos queden ocultas para ellos mismos (Mt.6:3), pues si volcamos la mirada hacia ellas, o hacia nosotros mismos, perderemos el rumbo. ¡Nuestros ojos deben estar siempre puestos en nuestro Maestro, hemos de seguir sus pasos, obedecerle sencillamente y que no podamos ver otra obra más que Su obra! Todo esto genera una diferencia entre la comunidad de creyentes y los no creyentes. Una vida distinta que, confiando en Dios, debe estar llena de buenos frutos de bondad y justicia. Los discípulos somos efectivamente escogidos de entre las personas, pero no para juzgarlas, sino que, así como Cristo se entregó por el mundo, también nosotros nos entreguemos por el resto y proclamemos la misericordia de El Señor (Jn.3:16).

Cada uno de los miembros de la Iglesia ha de sentirse interpelado por esta forma de seguir. Ha de sentirse insertada en esta comisión para hacerse responsable de la misión evangélica, sirviendo y proclamando al Señor en todas las dimensiones de sus vidas. A partir de esta gran comisión, la de proclamar universalmente a Cristo como Salvador y Maestro, surge todo el quehacer de la Iglesia. Pues Jesús nos enseña a amar, a reunirnos, a reconciliarnos, a orar, a alabar, a sufrir, a gozar, a luchar, a reír, a llorar, a administrar, a custodiar, a sanar, a enseñar, a servir a los necesitados, a denunciar las injusticias, a anunciar otro Reino y a su único Señor, que vendrá pronto a instaurarlo plenamente. Cristo nos dio una misión integral, que dirige cada cosa que emprendemos. Como comisión somos responsables de nuestra tarea en cada una de sus múltiples dimensiones... ¿somos capaces de trabajar en todos sus aspectos? Ciertamente que no podemos si queremos hacerlo todo solos. Por eso es que debemos comprometernos con una comunidad de hermanos, que en su conjunto pueda vivir integralmente la misión y vida cristiana, pudiendo uno aportar en cada una de las dimensiones a través del diezmo o cuota. Para muchos, esto podría parecer demasiado pesado, puesto que significa renunciar a todo, no hacer nada que no tenga relación al seguimiento de Cristo, no poner nada entre Cristo y nosotros (Lc.9:57-62; Lc.14:26; Mc.10:28-31; Mt.19:16-22; Mc.8:31-38). Sin embargo, Cristo dice: "Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí [...]; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga"(Mt.11:28-30). El yugo justo de Cristo es de todas formas más ligero que nuestro propio yugo, cargado de pecado y muerte. Tomar el yugo de Cristo significa perder nuestras vidas, sin embargo no hay nada fuera de aquél yugo que pueda darnos la vida verdadera, vida abundante (Jn.10:10). No se trata de seguir a Cristo como si por nuestra semejanza a Él nos ganáramos la vida eterna... ¡No! Cristo, por su gratuita Gracia nos regala la vida eterna, vida de comunión con el Padre y su Reino, que ya hemos de vivir anticipadamente en el seguimiento, guiados por el Espíritu Santo. Ni la moral ni la ley tienen algún sentido en sí mismas para nosotros, pues nuestra única norma de conducta es preguntarnos: ¿qué haría Jesús? ¿cuál es la voluntad de mi Padre? La vida no es más que seguimiento completo. ¿No ves necesidad de entregarte completamente a Él como Señor y Maestro? ¿Cuál es la Gracia, entonces? La Gracia es justamente que podamos vivir entregados a Él, que recibamos sin mérito el Espíritu de una vida con sentido que, en todo sus sentidos, proviene y lleva a Dios. La Fe es que aceptemos con confianza aquella Gracia. Y es por Cristo, y solo a través de Cristo, que hemos de estar unidos o separados de las cosas o de la familia, teniendo tanto lo piadoso como lo mundano el sentido de la entrega cristiana.

Volviendo al principio, no es otra cosa que la proclamación del Evangelio lo que nos une como Iglesia. Todos los miembros de la comisión son parte de un mismo trabajo, estamos todos unidos incondicionalmente por el mensaje evangelizador. No basta otra cosa que concordemos en este mensaje, que Cristo ha muerto y resucitado por nosotros, salvándonos para una nueva vida en el Espíritu, para que en acción de gracias nos atrevamos a trabajar juntos en la misión. Vayamos, pues, en paz y sirviendo al Señor. Démosle gracias con nuestras vidas. Embarquémonos juntos en esta gran tarea, pues en esto somos Iglesia y gozamos de la vida que nos regala y gozamos de su presencia. Como dijo el Señor: "...he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén."



[1] "... para cumplir" se ha de traducir más fielmente como "...a dar cumplimiento", que se puede interpretar también como que Cristo vino a darle el verdadero significado a la Ley, que estaba inconclusa.

jueves, 5 de junio de 2014

7° La Iglesia: hijos de Dios y familia de Dios


Un tema relevante que todavía no he tratado es la relación filial que la Iglesia ha de tener con Dios. La Biblia dice que a través de Cristo y del bautismo somos adoptados por Dios como sus hijos (Rom.8:15; Ef.1:5; Sal.27:10), como hermanos de Jesús y por lo tanto coherederos de Su Reino (Rom.8:17; Ef.3:6; Ap.21.7). Aunque en vez de hablar de adopción, me calza más hablar de reencuentro. Pues si provenimos de Dios y criatura suya somos, somos hijos suyos y toda la creación es nuestra hermana. Solo que nos extraviamos en pecado, y por el bautismo nos dejamos reencontrar como hijos pródigos (Lc.15:11-32). Lo que debo rescatar del concepto "adopción", es que pone énfasis en Jesucristo. Pues se entiende que Él es el único hijo unigénito de Dios, o sea el único idéntico al Padre y el único primogénito con derecho propio a la herencia divina. Nosotros somos parte de esa herencia y volvemos a El Señor solo a través de Cristo.

Pero el ser hijos de Dios va mucho más allá de una herencia. Se trata principalmente de la relación íntima y estrecha que hemos de tener con Dios. El entendernos hijos de Dios, el entregarnos a él con la confianza que muestra un niño ante quienes lo cuidan, es la imagen más ilustrativa de la fe. En el Antiguo Testamento ya es usada esta figura (Ex.4:22; 2 Sam.7:14; Sal.103:13), pero es Jesucristo quien destaca esta relación filial con Dios como algo esencial. Nos lo muestra como un Padre preocupado, al cual nos podemos dirigir personalmente, contarle todo y pedirle todo lo que necesitamos. Esta es la clave de la oración, el reconocernos hijos de El Señor que dependen completamente de Él (Mt.6:9; Lc.11:2; Mt.7:7-11; Lc 11:9-12) (Lc.18:16). Tan hijos somos, que incluso podemos pelearnos con él, como toda persona pelea con sus padres en la adolescencia, y como muchos salmistas igual lo hacen. Dios quiere escucharlo todo de nosotros y quiere reencontrarse con nosotros.

Respecto a esta dependencia y cercanía es que juega gran importancia la figura de Dios como nuestra Madre. Debo enfatizar que El Señor/La Señora no tiene un género particular, y a pesar de que la tradición patriarcal hebrea haya privilegiado lo masculino de Dios, también se refiere a Él de forma femenina (Mt.23:37; Lc.13:34; Sal.131; Is.42:14; Is.66:13; Job.38:8-9; Num.11:12; Dt .32:11-12; Os.13:8). El mismo título de Dios Todopoderoso o Dios Omnipotente es una traducción del original hebreo ‘El-Shadday[1], que hace referencia al pecho materno. Cristo mismo rescata lo femenino, por ejemplo en su lamento por Jerusalén:
¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina a sus polluelos debajo de sus alas, y no quisiste! (Mt.23:37; Lc.13:34)
Dios es tanto Madre como Padre. La Iglesia ve cumplida integralmente en Él/Ella toda relación de dependencia y no necesita crearle a Dios un par femenino, como hacen muchos católico-romanos con la virgen María o mucho peor, como lo hace la IDDSMM al hablar de "Dios Padre" y "Dios Madre" como dos entes separados. Dios es uno solo y es tanto Padre como Madre para nosotros.

La Iglesia es heredera del Reino de Dios y depende de Él como una niña depende de su Padre o su Madre. Pero el ser hija de Dios también significa imitarle y aprender de Él. Todo niño adora a sus padres y actúa conforme a lo que ve en ellos y conforme a sus enseñanzas (Mt.5:48,12:49-50; Ef.5:1-2; 1Pe.1:14; 1Jn.3:9,5:2). Si vemos a Dios como a un Padre, nos entregamos a Él y le adoramos, siéndole obediente y aceptando sus amonestaciones y castigos, pues queremos aprender de Él, asemejarnos a Él, sabiendo que nos ama de forma personal. Sabiendo si que somos incapaces de llegar a su perfección, nuestro Padre celestial se compadece y se acerca a través de Jesús, nuestro hermano mayor que sí ha cumplido todos los mandamiento del Padre y a quien, al ser humano como nosotros, podemos imitar más fácilmente (Rom.8:29).

Junto a lo anterior, el reconocer que la comunión de creyentes tiene en Dios un Padre en común, reconocemos también que somos una comunidad de hermanos, una comunidad de iguales. ¡En el bautismo somos hechos todos iguales (Gal 3:27-28; 1Cor.12:13; Col.3:10-11)! ¡La Iglesia es una fraternidad, una familia! El concepto "familia de Dios", "familia de la fe" o de la "casa" de Dios, es usado en pasajes como Ef.2:19,3:14-15; Gal.6:10; Heb.2:11,3:6. Junto a los creyentes tenemos un hogar. Allí donde las personas entregan sus vidas al Padre, también se entregan a sus hermanos (1Jn.4:20-21). Allí donde los hermanos se entregan unos a otros hay confianza, cariño, seguridad, apoyo mutuo, confesión mutua, amonestación mutua, así como también hay diferencias, rencillas, etc. Cada persona asume su propio rol, hay gente más comprometida que otras, hay gente con más autoridad que otras, pero hemos de recordar que todos somos hermanos y solo uno es el Señor y Maestro (unus magister omnes fratres) (Mt.23:9-12). Como en toda familia, la familia de la fe empieza a conocer sus detalles humanos, tanto lo bonito como lo no tan bonito, y así como en toda familia se van generando amistades con unos y no tanto con otros. Pero nosotros no elegimos a nuestros hermanos en la fe, como se hace con los amigos. Nuestro Padre celestial ha adoptado a los que Él estimó y debemos aceptarlos. La fe común es un vínculo que nos une incondicionalmente.

Todo cristiano ha de comprometerse con una comunidad concreta para experimentar en su vida lo que es ser Iglesia, y a aquella comunidad ha de recurrir de forma frecuente para ser parte del trabajo y vida comunitaria. El concepto antiguo de familia o casa abarcaba más allá de la familia congénita y tenía relación a todos los que formaban un núcleo social-económico, que solían ser más grandes que en la sociedad moderna, compartiendo todo tipo de actividades para ser sustentables. Así mismo, en una comunidad de hermanos en la fe se trabaja y se aprende juntos, llevando a cabo todo tipo de tareas cotidianas para mantener la casa, en especial aquellas comunidades que viven como los primeros cristianos (Hch 2:43-47,4:32-37).

¡Oh Madre celestial, qué cálido es estar juntos bajo tus alas! ¡Oh Padre celestial, llévanos de tu mano y ayúdanos a obedecer tus mandamientos! ¡Danos de tu leche espiritual! ¡Aliméntanos con tu Espíritu! ¡Escucha nuestras oraciones y consuélanos! ¡Gracias por recogernos nuevamente y recibirnos con banquete y fiesta! ¡Danos el amor para vivir como una familia fraterna y unida! ¡Ayúdanos a corresponderte y ser causa de orgullo para ti! Amén.





[1] Según comentarios de la Biblia Textual, nota especial 5: Títulos. ‘El-Shadday, traducido como Dios Todopoderoso o Dios Omnipotente. Ocurre 37 veces en el texto, mayormente en el libro de Job. El significado etimológico de este título es a la vez apasionante y conmovedor. La palabra ‘El significa el que es fuerte o poderoso. El calificativo Shadday se compone de la palabra hebrea shad = el pecho, que de manera invariable se usa con referencia al pecho femenino (Gn.49:25), y del contexto es posible inferir el pecho materno. Dios es Shadday porque Él nutre y da poder, y en un sentido más amplio, es el que satisface y se derrama a sí mismo en la vida del creyente. El niño lactante no solo encuentra en el pecho maternal calidez y sustento, sino que también refugio, satisfacción plena, quietud y descanso. De hecho, fuera del pecho materno, el niño no necesita nada. 'El-Shadday es entonces el nombre con el cual Dios se presenta como Sustentador y Fortalecedor, y nada es necesario aparte de Él. Quizá Todo-Suficiente sería la palabra que mejor lo describa, pero 'El-Shadday no solamente sustenta y fortalece, sino también hace que el creyente sea fructífero. En ninguna otra parte de la Escritura se ilustra mejor esta verdad que en el pasaje donde este nombre ocurre por vez primera (Gn.17:1-8). A un hombre de noventa y nueve años de edad, el cual estaba ya casi muerto (Heb.11:12), el Señor le dijo: Yo soy 'El-Shadday... te multiplicaré en gran manera. Más de un siglo después, el nombre 'El-Shadday es invocado por primera vez, en labios de Isaac para bendecir a su hijo Jacob (Gen.28:1-3). Pero 'El-Shadday no solo hace furctificar mediante bendiciones, sino también por medio de pruebas. De allí que Shadday sea el nombre característico de Dios en el libro de Job, donde ocurre la mayoría de registros. La mano de Shadday cae sobre Job, el mejor hombre de su tiempo, no como resultado de juicio, sino con el propósito de presentarlo ante el torbellino (Job.38.1), para que sus oídos entiendan los razonamientos de Shadday (Job.38:1-41:43), y sus ojos puedan verlo (Job.42:5). Esta breve explicación muestra cuán importante es para el lector entender las características de éste o cualquier otro apelativo del Dios de la Biblia. Es lamentable desde todo punto de vista entonces, que Shadday haya sido traducido, ya sea por Todopoderoso u Omnipotente. En realidad, su primer nombre 'El es suficiente para indicar omnipotencia. Ante éste y similares dilemas, no podemos hallar mejor solución que su transliteración.

lunes, 2 de junio de 2014

6° La Iglesia: Israel de Dios


En la entrada anterior hablamos de la conversión, especialmente en relación al bautismo, a través del cual somos hechos parte de la Iglesia. Y como decíamos, el Evangelio llega a nuestro corazón para matar lo que somos actualmente y convertirnos en una nueva persona, hacia una nueva vida conforme al Espíritu Santo. Pasamos a ser parte de la Iglesia y de todo lo que ella significa. En esta entrada tratamos cómo es que el bautismo nos hace parte del pueblo de Dios. La comunidad de creyentes es el pueblo de Dios, lo que también se llama "Israel de Dios". ¿Qué significa esto?

El bautismo hace alusión al rito judío de la circuncisión. En el judaísmo, el corte del prepucio se hace a los 8 días de nacido y simboliza el pacto que Dios hizo con Abraham y con toda su descendencia (Gen.17). El pacto que Dios sella con Abraham a través de la circuncisión, es que Él sería Dios suyo y de su descendencia. Al hacer el pacto le cambia su nombre "Abram" a "Abraham", que significa "padre de una multitud" o "padre de muchedumbre de gentes". Insiste en la promesa que le hizo al pedirle que dejara su hogar, que también se la hace a su nieto Jacob, de darle la tierra prometida y de bendecir a través de él y su infinita descendencia a todas las familias de la tierra (Gen.12.3; 28:14). En todo esto, vemos en el "padre de la fe" una figura universal en la que son contados en su descendencia todos los que se circuncidan. Al reconocerle como "padre de la fe", heredamos el pacto de ser el pueblo de Dios y de tener la tierra prometida, que para nosotros es el Reino de los Cielos y su justicia (Hb.11:16;12:22), la "nueva Jerusalén" (Ap.3:12,21:2,10; ; Gal.4:26). Nos hacemos partícipes de la fe de los patriarcas y matriarcas hebreos, siendo Jacob a quien Dios nombró "Israel" luego de encontrarse cara a cara con él (Gen.32:22-32). Entonces, llamarse "pueblo de Israel" no significa pertenecer a la raza o cultura judía o a la nación que hoy se conoce como "Israel", sino que nada más que ser incluidos en las promesas hechas a Abraham, reconociéndonos descendientes de Jacob, Raquel, Lea, Rebecca, Isaac, Sara y el mismo Abraham. Aquellas promesas son para el mundo entero y las vemos completamente cumplidas en Jesucristo.

Insisto que desde una perspectiva cristiana, el ser descendiente de Abraham no tiene relación a una nacionalidad o a una raza, sino únicamente a recibir el Espíritu de Dios en nuestros corazones, que es la circuncisión que vale (Rom. 2:28-29; Gal.6:15-16; Mt.3:9; Lc.19:9; Dt.10:16; Dt 30:6; Jer.4:4; Jer 9:25-26). De esta forma podemos sentir que las promesas y amonestaciones que se hacen a Israel en la Biblia nos las hacen también a nosotros. Aunque... hay que tener cuidado de caer en malas interpretaciones. ¿Al ser hechos miembros del pueblo de Israel por el bautismo, debemos seguir la Ley de Moisés? En los tiempos de los primeros cristianos existían grupos judaizantes que decían que la Ley de Moisés debía de seguirse al pie de la letra para ser salvos, circuncidándose el prepucio, llevando a cabo cada una de las fiestas, ritos y sacrificios. Sin embargo, en el Concilio de Jerusalén los apóstoles zanjan esta cuestión y aclaran que la Ley de Moisés no tiene por qué ser observada por los que se vuelven a Cristo, ni debemos circuncidarnos el prepucio (Hechos 15:1-31). Tanto hombres como mujeres somos circuncidados con el Espíritu de Cristo, y es la justicia de Cristo la que nos muestra como justos ante Dios. Es Cristo, no la Ley de Moisés, quien injerta tanto a judíos como a no judíos (gentiles) al pueblo de Israel (Rom.11:11-24) y nos hace a todos los creyentes parte de un mismo pueblo (Ef 2:11–19). Con lo último, insisto en que el pueblo de Dios es solo uno y universal, dejando claro que condeno rotundamente toda idea dispensacionalista y sionista.

Considero que la Ley de Moisés fue revelación de Dios, pero era solo sombra de lo que habría de venir (Heb.10:1), y estaba envuelta de códigos culturales y normas que ordenaran la nación judía en el contexto histórico en el que se encontraba. En la entrada 8° retomaré el sentido de la Ley como guía, pero lo que incumbe a esta entrada es dejar claro que en Cristo el Israel de Dios se hace libre de la ley, cosa tratada con fuerza por el apóstol Pablo, especialmente en su carta a los romanos y en su carta a los gálatas. De veras que el cumplimiento de la ley nunca salvó a nadie (partiendo por el hecho de que no ha habido quien pueda cumplirla), sino que la relación con Dios dependió siempre de creer en Sus promesas.

La salvación se basa en el amor incondicional de Dios. Nuestra relación con Él depende únicamente de su misericordia, que se revela plenamente en la muerte y resurrección de Cristo en la cruz. A esto se le llama "Solo Gracia".

Como personas no podemos comprar a Dios con obras, sino que solo podemos aceptar Su Gracia por la Fe, tal como Abraham (Rom.4:1-13), dejando atrás todas nuestras seguridades para dejarnos guiar completamente por Él hacia su Reino prometido, aceptando que Él nos ama y nos ha salvado en la cruz sin ningún mérito de nuestra parte. Esto se llama "Solo Fe".

"Solo Gracia" y "Solo Fe" son fundamento doctrinal del mundo evangélico-protestante, que describe la Buena Nueva que nos salva, o sea, el Evangelio (leer más de las "solas" de Lutero). Al creer en el Evangelio y bautizarnos, siendo circuncidados espiritualmente y hechos descendientes de Abraham, nos hacemos parte de ese pacto por el que somos pueblo de Dios y partícipes de Su Reino de justicia únicamente por Su Gracia, a través de la Fe en Cristo Jesús. En Cristo se renueva el pacto hecho con Abraham, siendo un Nuevo Pacto o Nuevo Testamento. Recibiendo a Jesús en nuestros corazones podemos cantar con júbilo, como la virgen María:
Engrandece mi alma al Señor;
Y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador.
Porque ha mirado la bajeza de su sierva/o;
Pues he aquí, desde ahora me dirán bienaventurada/o todas las generaciones.
Porque me ha hecho grandes cosas el Poderoso;
Santo es su nombre,
Y su misericordia es de generación en generación
A los que le temen.
Hizo proezas con su brazo;
Esparció a los soberbios en el pensamiento de sus corazones.
Quitó de los tronos a los poderosos,
Y exaltó a los humildes.
A los hambrientos colmó de bienes,
Y a los ricos envió vacíos.
Socorrió a Israel su siervo,
Acordándose de la misericordia
De la cual habló a nuestros padres,
Para con Abraham y su descendencia para siempre.
Señor, guía a tu Iglesia, a tu pueblo, tal como guiaste a Sara y a Abraham en el desierto. Sin nada a que aferrarse más que a tu promesa, caminando sin rumbo claro, pero con confianza en aquella nueva Jerusalén que llega, aquél Reino celestial que se rige por tu voluntad, por tu amor, la plena comunión y la vida. Amén.